Los cien hermanos

Los cien hermanos

 

A mi padre, harry thomas antrim

y a su hermano, robert eldridge antrim (1940-1992)

 

 

 

 

 

 

Mis hermanos Rob, Bob, Tom, Paul, Ralph, Phil, Noah, William, Nick, Dennis, Christopher, Frank, Simon, Saul, Jim, Henry, Seamus, Richard, Jeremy, Walter, Jonathan, James, Arthur, Rex, Bertram, Vaugham, Daniel, Russel y Angus; los trillizos Herbert, Patrick y Jeffrey; los gemelos idénticos Michael y Abraham, Lawrence y Peter, Winston y Charles, Scott y Samuel; Eric, Donovan, Roger, Lester, Larry, Clinton, Drake, Gregory, Leon, Kevin, Jack (todos ellos nacidos el mismo día, el veintitrés de mayo, aunque a diferentes horas y en años distintos), el cáustico y grafómano Sergio, cuyas mordaces opiniones aparecen con regularidad en las primeras páginas de las revistas mensuales más conservadoras, por no mencionar las pantallas de cristal líquido que brillan de noche en los radiantes puestos de trabajo de innumerables personas de ojos hinchados, suscriptores de los tablones de anuncios electrónicos (los cuales dan a nuestro hermano, electrónicamente, el afectuoso nombre de Surge); y Albert, que es ciego; Siegfried, el escultor en acero ardiente; el clínicamente deprimido Anton, el esquizofrénico Irv, el adicto Clayton, que se está recuperando; Maxwell, el botánico tropical que, desde su regreso de la pluvisilva, parece un tanto neurótico; Jason, Joshua y Jeremiah, cada uno de ellos vagamente melancólico a su manera de «chico perdido»; Eli, quien pasa las noches solo y despierto en la torre, llenando de dibujos sus cuadernos de notas (¿las múltiples representaciones artísticas para una obra de más envergadura?) y retrata los rostros de sus hermanos, entre ellos los de Chuck, el fiscal; Porter, quien lleva un diario; Andrew, activista defensor de los derechos civiles: Pierce, diseñador de edificios cuya construcción es radicalmente imposible; Barry, el buen doctor en medicina; Fielding, el cineasta de documentales; Spencer, el agente secreto que tiene contactos conocidos con el Departamento de Estado; Foster, el psicoterapeuta del «nuevo milenio»; Aaron, el relojero; Raymond, quien pilota su propio avión; George, el urbanista que, como recordarán si leen la prensa, se distinguió no hace mucho con ese programa innovador para revitalizar la zona en decadencia del centro de la ciudad (como «un diorama animado interactivo que ilustra las costumbres culturales y económicas contemporáneas»), sólo para escandalizar y sorprender a todo el mundo, al desaparecer con una chica llamada Jane y un maletín lleno de fondos municipales en billetes de cien sin marcar; y los jóvenes padres: Seth, Rod, Vidal, Bennet, Dutch, Brice, Allan, Clay, Vincent, Gustavus y Joe; y Hiram, el más viejo; Zachary, el gigante; Jacob, el erudito; Virgil, el cuchicheador compulsivo; Milton, el canalizador de espíritus que hablan a través del tiempo; y los mujeriegos sin remedio: Stephen, Denzil, Forrest, Topper, Temple, Lewis, Mongo, Spooner y Fish; y, naturalmente, nuestro célebre hermano «perfecto», Benedict, a quien la Academia de Ciencias ha impuesto la medalla de honor por su trabajo durante más de veinte años en la transmisión química del «lenguaje sexual» en once tipos de insectos sociales. . ., todos nosotros (excepto George, sobre quien corren muchos rumores, rumores que se atropellan unos a otros: ha huido del vecindario, está aquí mismo, ante nuestras narices, utiliza un alias o tal vez varios, tiene una nueva cara. . ., esa clase de cosas). Mis noventa y ocho hermanos, sin contar a George, y yo recientemente nos reunimos en la biblioteca roja y resolvimos que por fin había llegado el momento de abandonar la tristeza, dejar atrás el pasado, compartir una cena ligera y localizar, si lo soportábamos, la desaparecida urna con las cenizas del jodido viejo.

Hacía un mal día, de cielo plomizo. En las paredes de la biblioteca roja se alternaban las sombras y la luz procedente de la multitud de lámparas de lectura de bajo voltaje que aureolaban las mesas en las que reposaban, iluminando nuestros regazos. Nos habíamos dejado caer en los sofás y butacas, junto a las paredes de las que pendían escenas de caza inglesas y melancólicas cabezas disecadas de animales africanos, que nos miraban desde rectángulos de pared enmarcados por estanterías repletas de colecciones victorianas a juego y obras de oscuros poetas.

-Detesto esta sala, huele a muerte- susurró Virgil, apretado junto a mí en un confidente.

A menudo Virgil se sentía, o parecía sentirse o haberse sentido desde su infancia, asustado y oprimido. Era imposible decir o hacer algo que le alegrara un poco la vida. De todos modos, lo intentábamos.

-Anímate- le dije. Varios de nuestros hermanos pasaron en hilera, arrastrando los pies, en busca de asientos. La biblioteca se estaba llenando de energía masculina y voces bajas que decían: «Vamos, hombre, échate a un lado y déjame sitio». Pronto en la sala sólo habría espacio para estar en pie. Flotarían en la atmósfera encerrada los olores a sudor, lociones de afeitar y los húmedos alientos exhalados. Que Dios nos ayude. Virgil ya estaba encorvado sobre el asiento acolchado que compartíamos, con un aspecto mustio y claustrofóbico, la cabeza suspendida entre las rodillas, los ojos acuosos escrutando la alfombra.

-Intenta leer una revista- le sugerí.

Entonces, en el ángulo opuesto de la sala se produjo un estrépito, el estremecedor sonido de vidrio hecho añicos, una lámpara caída. Esto sucede siempre que nos amontonamos en la biblioteca roja: alguien tropieza con un cable o retrocede de espaldas y choca con una mesa de tres patas que sostiene un florero, o se deja caer con excesiva brusquedad en una silla, con el resultado de que algún objeto o pieza de este mobiliario que es una reliquia heredada acaba destruido ruidosamente. Es algo alarmante, inevitable y jocoso. El percance de hoy parecía ser obra de Max, quien, claramente sobresaltado por el impacto de la lámpara volcada, el estallido de la porcelana, se detuvo un momento a contemplar el cable de la lámpara enrollado en su tobillo, el negro cordón eléctrico que serpenteaba por el suelo entre los relucientes fragmentos de porcelana diseminados cerca de sus zapatos (la minúscula pantalla cónica se había liberado y emprendido el vuelo, y a punto estuvo de derribar la lámpara que había sobre otra mesita), antes de alzar la vista para mirar lentamente aquí y allá, alrededor de la sala en silencio, y preguntar entonces a nadie en particular: «¿He hecho yo esto?».

Pobre Maxwell. Desde su regreso, el mes pasado, de una expedición botánica farmacológica para recolectar especímenes, ha estado visiblemente agitado, desmañado y aturdido a la manera de una persona acosada por la fiebre o por alguna crisis. Al parecer, algo extraño le había ocurrido en Costa Rica, y ahora Max tropezaba con las cosas y las rompía, más o menos al ritmo de un pequeño electrodoméstico, un decorativo plato de maceta o una estatuilla cada tres días.

-¿Qué crees que le ocurre?- me susurró Virgil en voz tan baja que apenas era audible.

Juntos observamos que Max se arrodillaba, tambaleante, sobre los fragmentos de la lámpara. Siegfried y Stephen, que estaban cerca de Max cuando se produjo el accidente, se agacharon al lado de su hermano, le ayudaron a recoger fragmentos, que barrieron minuciosamente entre todos (las seis manos de mediana edad extendidas rastrillando la alfombra y escarbando en busca de trocitos de porcelana y traslúcidas esquirlas de bombillas indiscernibles) y formaron un pulcro montón. Me pasmaba lo gordo que Stephen se había puesto. Me bastaba verle para sentir deseos de tomar un whisky con soda. Depositó una cantidad de partículas en las fofas manos ahuecadas y se encaminó a la chimenea, donde, a pesar de que hacía bastante calor en la sala y, dada la constante llegada de más personal, se iría haciendo cada vez más sofocante, el viejo Hiram, apoyando en su andador, llevaba a cabo el acostumbrado acto patriarcal de supervisar toscamente el encendido de otro de sus magníficos fuegos crepitantes.

-¡Haz una buena bola con eso!- le gritó Hiram a Donovan, el cual apretujó las hojas del periódico dominical y las echó al hogar.

Hiram tiene noventa y tres años, y todo el mundo le desdeña por sus numerosas crueldades humillantes.

-¡Examina el humero!- ordenó a Donovan, en un tono lo bastante alto para que le oyera toda la familia.

Y entonces Stephen se acercó a paso vivo, la cabeza gacha y los brazos extendidos, con las manos ahuecadas como si llevara en ellas algo desagradable, algo que arrojó nada más llegar a la chimenea de ladrillo rojo, un puñado de polvo y escombros que enturbiaron la chimenea y la atmósfera circundante con una bruma granulosa.

Hiram aferró de inmediato los asideros del andador y retrocedió con un matraqueo, huyendo del tizne.

-¡Ah, mis zapatos, mirad mis zapatos!- exclamó mientras una segunda carga de vidrio, polvo y varios fragmentos de porcelana afilados como hojas de cuchillo, que Maxwell llevaba en las manos, avanzaban en equilibrio inestable hacia el extremo de la sala.

Todos observamos horrorizados a Max, quien viraba alrededor de los muebles y las piernas extendidas de los hombres a medias recostados. Todo era un obstáculo, y a cada pisada insegura y oscilante, Max parecía a punto de desplomarse. Saltó por encima de una otomana que apareció de improviso en su camino. Tropezaba con las alfombras, cuyas esquinas doblaba; eran unas alfombras antiguas y valiosas, deshilachadas hasta tal punto que parecían al borde de la desintegración, pero eso no importaba, la verdadera preocupación era que Max hiciera algo deplorable con los trozos de porcelana que blandía en todas las direcciones.

-¡Ah! ¡Ah!- gritó Hiram, al ver que Max, tras abandonar la gran alfombra persa, perdía por completo el equilibrio y se deslizaba tambaleándose por las tablas del suelo hacia él, hacia Hiram, quien aferraba el andador con manos a las que la edad había moteado de manchas.

Max sacudía los brazos, y pareció que iba a chocar con el mayor de nuestros hermanos y decapitarlo. Pero Hiram se agachó y usó la estructura del andador, que le llegaba a la cintura, como una barricada metálica. Escondió la cabeza entre los codos doblados, alzó el andador y se preparó para la colisión. . . ¡había sido deportista en su juventud! Ahora mostró una forma física admirable, y dejó que el andador absorbiera el impacto inicial antes de apartarse de la fuerza principal, constituida por la región abdominal de Max que se aproximaba veloz, con una maniobra lateral de finta y quite que habría valido la pena contemplar en repetición instantánea, tan ágil y sin esfuerzo parecía.

Max cambió de dirección. Hiram sacudió un puño, enojado y, al parecer, dolorido. Había sufrido una lesión en la muñeca, un percance tan previsible a su avanzada edad. Se cogió la mano quebradiza con la otra y se encogió, de una manera automática, protectora, como quien se golpea el pulgar con un martillo. Sacudió la mano e hizo una mueca. Naturalmente, Barry salió de dondequiera que estuviese y se acercó a echar un vistazo. Barry es un médico solícito y un hermano leal. Nos facilita a todos asesoramiento médico gratuito, así como recetas por teléfono de tetraciclina o antidepresivos. Si la dolencia requiere los cuidados de un especialista, nos ofrece una referencia.

Barry flexionó la muñeca de Hiram y le masajeó, tiernamente, la mano y el flaco antebrazo. Hizo girar la articulación.

-¿Qué tal aquí? ¿Y aquí? ¿Y en este sitio? ¿Está bien? ¿No? ¿Te duele? Lo siento.

Y así sucesivamente, mientras el viejo hacía muecas.

Entretanto, Max seguía zigzagueando, y aún llevaba en las manos ahuecadas la porcelana. ¿Qué estaba haciendo? ¿Evitaba a un enemigo invisible? Nadie se atrevía a acercársele. Parecía como si, a la postre, pudiera causar un daño considerable.

-Me gustaría tener una idea de lo que se propone- susurró Virgil mientras el remolineante botánico se desviaba hacia la alfombra persa y un grupo de gemelos.

En aquel momento no pude dejar de sentir una modesta emoción. Los gemelos siempre están juntos durante las reuniones sociales, se niegan a mezclarse con los demás y prefieren formar su pequeño club, lo cual resulta molesto. De repente llegó Max, un energúmeno entre ellos, y diseminó a tres de las cuatro parejas de gemelos idénticos. Fue como si estuviera coreografiado, Max danzando como un salvaje, armado y peligroso, entre Lawrence y Peter, a su izquierda, y Scott y Samuel, a su derecha; y estas dos parejas se apresuraron a hacerse a los lados. . . Una exhibición de festivo pánico a la que siguió la pirueta de Max, quien se dirigió en línea recta a Winston y Charles. Éstos cayeron pesadamente en sendos sillones y alzaron las manos para protegerse las aterradas caras a juego, gritando: «Déjanos en paz! ¡Déjanos en paz!».

Fue entonces cuando reparé en que Max llevaba una de mis corbatas italianas predilectas. ¿No es eso lo que sucede en las familias? Siempre hay alguien que hurga en tu armario.

-¡Mi corbata!- grité desde el otro extremo de la sala. La prenda parecía ondear al viento.

Sin embargo, allí no soplaba ninguna brisa, sólo había temor y alboroto, pues hombres de todas las edades se apresuraban a levantarse de sus asientos y retroceder para formar desordenadas hileras ante las estanterías y los huecos que formaban los marcos de las ventanas entre los estantes, un anillo de hermanos que miraban a Max de la misma manera, con una expresión en la que se mezclaban la lástima, la incomprensión y el temor, la misma que tenían los ñus y los alces disecados que tan lastimeramente destacaban en lo alto.

Por entonces la biblioteca casi se había llenado. Sólo los últimos rezagados deambulaban arriba o abajo por los largos corredores y las escaleras que conducían a una u otra ala distante del edificio. Fuimos llegando uno a uno. Estábamos todos presentes excepto George. Cerca del extremo de la hilera estaba Milton, y al que vi cruzar la puerta principal de la biblioteca.

Mejor dicho, vi que intentaba cruzarla, pues estaba obturada por la densa masa humana que formaban Clinton, Rod, Bennet, Christopher, Leon y muchos más, todos ellos absortos en el espectáculo que tenía lugar en el centro de la sala: nuestro hermano yendo al acecho de un lado a otro, peligrosamente en pos de nada, con los fragmentos de porcelana en las manos temblorosas.

-No creo que te haya oído- me susurró Virgil-. Míralo. Esto es muy lamentable. Necesita ayuda.

Tal vez lo más adecuado sería que alguien joven y ágil saliera a la arena decidido, como un gladiador, arriesgando el físico, y agarrase a Max. Habría que atenazarle por arriba y alancearle las corvas a rodillazos por abajo, a fin de dar con él en el suelo. Patam.

-¿Dónde está Zachary cuando se le necesita?- le pregunté en voz baja a Virgil.

-¿Zachary? Que le bomben.

-Sí, tienes razón. Que bomben a ese tío.

-¿Sabes lo que quiero decir?

-Pues claro.

¿Pero qué quería decir Virgil exactamente? ¿Y por qué le daba la razón? Y por cierto, ¿qué era aquel sonido bajo, chirriante, vibrante que surgía de las inmediaciones de la chimenea?

Lo cierto es que Zack me gusta mucho. Admito que hubo una época, cuando éramos niños, en que hacía uso de su estatura y su fuerza para aprovecharse de los hermanos más pequeños. Recuerdo el famoso y lamentable incidente en que Zachary (quien antes de cumplir los diecisiete ya era imponente, con dos metros de estatura y ciento diecisiete kilos de peso, prácticamente libres de grasa, y siguió desarrollándose, tanto a lo alto como a lo ancho, incluso después) decidió arrodillarse sobre el pecho de Virgil, restregarle vigorosamente el vientre desnudo con un cepillo para el pelo y gritar en un tono de éxtasis, enriquecido por las hormonas: «¡Barriga roja! ¡Barriga roja!».

Ahora que lo saco a relucir, la verdad es que hubo otros incidentes similares.

-Hablando del rey de Roma. . .- gruñó Virgil.

En efecto, allí estaba el atormentador en persona, con su cabello negro. Se abría paso a través de una muchedumbre en el extremo opuesto de la sala. Las cabezas de los hombres más bajos se alzaron a su alrededor. Esas cabezas se hicieron a los lados. Los hermanos de Zachary le dejaron pasar. Señor, qué manos las de aquel hombre.

¿Repararía Zack en Virgil y en mí, cómodamente sentados en nuestro minúsculo confidente? ¿O tal vez (¡y ésa era nuestra esperanza!) no se fijaría en nosotros e iría a por Max, a quien odiaba de veras?

No tuvimos esa suerte, ni en uno ni en otro sentido. Los chicos serán chicos, incluso cuando son hombres con problemas cardiacos. Al grupo, Zachary incluido, le interesaba por encima de todo el espectáculo que tenía lugar en el centro de sala. Se oían rechiflas. «¡Pierde la chaveta, Maxwell!», gritó alguien (¿proféticamente?) cuando Max tropezó con una silla y a punto estuvo de caerse.

-Estamos emparentados con unos cerdos- afirmó Virgil.

Sí y no. Cerdos es demasiado fuerte. Era evidente que Virgil estaba cayendo en uno de sus estados de ánimo. No pretendo, ni mucho menos, discrepar de algo que es un infortunio ajeno; sin embargo, debo decir ahora mismo, en el comienzo de nuestra velada, que en esta familia, como en cualquier otra, ciertos estados de ánimo serán dominantes y crónicos hasta el punto de que ya no serán perceptibles como estados de ánimo, sino como rasgos de la personalidad rutinarios, atributos compartidos, esos aspectos del carácter sobrevenidos que, precisamente porque sobrevienen, llegan a significar la pertenencia al círculo familiar. Del personaje que representara colectivamente a esta familia podría decirse que es (o en algunos casos está) frenético, romántico, letárgico, sarcástico, temeroso, frustrado, achispado, belicoso, lascivo, cruel, a un paso de ser un narcisista patológico, nerviosamente intolerante y más o menos resignado a la desesperación, aunque en ocasiones, cuando está bebido, jubiloso. Esto puede ser problemático. El hecho de que todos toleremos la depresión no disminuye el dolor del sufriente solitario perdido entre estridentes juerguistas. Cuando trato con Virgil siempre supongo lo peor.

-No me obligues a pedirle a Barry que te inyecte un calmante- le dije, y él se cubrió la cabeza con las manos y gimió.

Como de costumbre, le había dicho lo que no debía.

-Perdona, Virgil. No quería decir eso.

-Sí, querías decirlo. Finges ser mi aliado, pero eres igual que los demás.

-Nadie va a ponerte una inyección.

-¿Por qué tienes que decir semejante cosa? Sabes cómo me sienta.

-Te he pedido perdón, y te lo pido de nuevo. Perdona. He sido un estúpido e insensible al decir eso. No debería haberlo hecho. Vamos- le puse el brazo suavemente alrededor de los hombros, y le di un apretón reconfortante, fraterno-, está bien, está bien. Cálmate. Todo irá a pedir de boca.

-No quiero ser otra vez de esa manera, Doug. No quiero ser como era.

-No lo serás.

-¿Me lo prometes?

-Sí.

Virgil estaba encorvado, con la cabeza entre las manos, temblaba y parecía a punto de echarse a llorar.

-Quiero morirme- dijo.

-Todos nos moriremos bastante pronto, Virgil. No hay ningún motivo para desear la muerte.

Y en ese momento, como si yo hubiera sido su apuntador, Max cayó al suelo. Fue una caída hermosa, de ballet: su cuerpo se arqueó hacia abajo y cayó de bruces, con los brazos extendidos por encima de la cabeza y en las manos, todavía, los fragmentos de la lámpara, aquella reliquia de familia, que había destrozado al comienzo de nuestra reunión en la gran sala roja. . . Sostenía los fragmentos en alto, destellantes bajo el reflejo incandescente de las lámparas de lectura que tanto abundaban sobre las mesas y formaban una constelación, nuestra Vía Láctea de bombillas de cuarenta vatios que iluminaban el maltrecho mobiliario de cuero, las cabezas de animales disecadas e innumerables y polvorientos libros que nadie había leído. Y nuestras caras, las de todos nosotros, bajo la luz ambarina, mientras contemplábamos el largo cuerpo de Maxwell, con el abdomen temblequeante, desplomándose hacia la alfombra apolillada, en la trampa de cuyos pliegues arracimados se habían enredado los pies del botánico bebido.

-¡El Dios está entre nosotros!- gritó durante su descenso.

Entonces se oyó un ruido sordo.

-¡Aaay!- exclamó alguien que estaba cerca, cuando Max estableció contacto con el suelo, al tiempo que la porcelana salía despedida y tamborileaba en el parqué. Fragmentos de porcelana que se convertían en fragmentos más pequeños y se deslizaban bajo las sillas.

-Dios mío- dijo uno.

-¡Un médico!- pidió otro.

Y desde el extremo, detrás de la multitud que atascaba la puerta, llegó la voz aguda del amable y dulce Milton, el canalizador espiritual, preguntando a cualquiera y a todo el mundo:

-¿Qué ha ocurrido?

El atasco del umbral se deshizo, y media docena de hombres entraron en la sala, seguidos por varios más que sentían curiosidad. Iban entrando para sentarse o quedarse de pie, mirando embobados a Max.

-Se ha desmadrado- le dijo Siegfried a Milton.

Las manos encallecidas de Siegfried sostenían más restos de la lámpara rota. El escultor miraba cautelosamente los fragmentos, como si pudieran ser nocivos, como si tuvieran el poder de hacerle daño.

-Max ha tropezado con un cable eléctrico y roto esta lámpara- le explicó a Milton-. No ha sido nada grave, y Stephen y yo estábamos ayudando a limpiar el estropicio. De repente, a Max le ha dado por perseguir a la gente.

-¡Ha intentado asesinarme!- exclamó Hiram, al lado de la chimenea, y alzó un brazo, mostrando la mano hinchada. Su semblante reflejaba dolor.

-¡A nosotros también!- corearon al unísono los gemelos Winston y Charles, parapetados tras un sofá de cuero.

Por entonces Barry había se había abierto paso hasta Max y estaba de rodillas a su lado, en actitud de profesional, atendiendo al caído. Max yacía boca abajo y no se movía en absoluto, y Barry le aplicó la mano a la garganta en busca de las pulsaciones. Se hizo el silencio, interrumpido por ruido de pies al moverse, una tos, el suspiro de un cojín de sillón bajo el peso de alguien sentado que se removía en él. Volvió a hacerse el silencio, seguido por aquel sonido chirriante y vagamente familiar que poco antes parecía proceder de las cercanías de la chimenea. ¿Qué podría ser? ¡Ah, claro! Era Fielding, con su cámara de cine de ocho milímetros. Estaba manipulando el teleobjetivo, ajustando el foco, buscando la luz apropiada, preparándose para filmarlo todo.

-A ver, que me ayude alguien- dijo Barry, sin mirar a nadie en particular.

Nadie se movió. Hubo un intercambio de miradas mientras el motor de la cámara seguía con su ronroneo suave y metálico. La cámara giró para tomar una panorámica de la espalda inmóvil de Max; la lente azulada fue recogiendo apretadamente un par tras otro de zapatos bajo los pantalones, unos con dobleces y otros sin ellas, que llevaban los hombres en pie y muy juntos. La mirada de la cámara de Fielding recorrió aquellos pantalones, ascendió por los pliegues y las aberturas con cremallera o botones, examinó los bolsillos rellenos de manos hundidas en ellos, donde jugaban distraídamente con envoltorios de chicle, algún billete de banco arrugado, llaves, pelusa, calderilla y recibos de compras.

También jugaban con los genitales. Nuestros noventa y nueve pares (sin contar los de George) de testículos cubiertos por calzoncillos.

-Deja ya ese puñetero trasto- ordenó uno u otro hermano a Fielding, quien en aquel instante alzaba la cámara para tomar, en constante avance lateral, la secuencia de nuestras caras.

Estábamos ante uno de nuestros sempiternos momentos cotidianos de silenciosa indecisión colectiva, en aquel caso sobre quién habría de hacer algo (aún estaba por ver qué) para ayudar a Barry mientras él ayudaba a Max.

Una camarilla que estaba en primera fila pareció espabilarse. Tres de ellos se adelantaron y situaron alrededor de Maxwell. El médico les dio instrucciones.

-No parece haber nada roto. Quiero tratar de darle la vuelta. Milton, ponle las manos debajo de la rodillas. Tú, Siegfried, vigílale los brazos. Sujétale los pies, Christopher. Yo le sujetaré la cabeza. Muy bien, vamos a alzarlo y darle la vuelta, suavemente, por la derecha, a la de tres. Cuidado. Uno, dos, tres. . .

Ellos gruñeron y cambiaron la posición de Max, dejándole boca arriba.

En otros lugares de la biblioteca sucedían cosas distintas. En una sala de tales proporciones es muy posible que tengan lugar varias actividades al mismo tiempo, sin que ello moleste demasiado al lector ocasional o la persona que hojea partituras de música barroca o un tratado literario, científico o heráldico extraído de una estantería de tales obras sin catalogar. Menciono nuestro vasto surtido de obras sobre heráldica porque, desde hace algún tiempo, me intereso mucho por ellas. La genealogía (un término que, para mí, significa más que el simple trazado y etiquetado de «árboles genealógicos»; más bien se trata de la investigación profunda del linaje y las herencias congénitas, sobre todo en relación con los monarcas locos) se ha convertido en un pasatiempo esencial para mí. No estoy loco, pero la sangre de un monarca loco corre por mis venas. Es algo que nos sucede a todos nosotros. Quería saber si esta circunstancia podría tener o no alguna consecuencia. Por eso, y aunque no soy un experto, me he pasado noches dedicado a la investigación de cuestiones sociobiológicas intrafamiliares, abriendo documentos en descomposición sobre la mesa de roble bajo el rosetón que, como uno podría ver si los vidrios no fuesen de color añil, da a un paisaje de senderos adoquinados y puentes de piedra que aquí y allá atraviesan los parterres y salvan los diversos estanques intercomunicados, cuyas aguas despiden un fuerte olor al evaporarse, rodeados de viejos árboles frondosos en otro tiempo, aunque nunca han sido altos, todavía más achaparrados por la edad y casi sin hojas, moribundos. Es nuestro antiguo jardín ornamental, en decadencia, como tantas otras cosas de esta finca. La biblioteca roja muestra por doquier los muchos años transcurridos desde que alguien se molestó en empuñar una espátula para aplicar masilla. La pintura marrón y el yeso amarillento de la bóveda de aristas se descascaran como una muda de piel. Hay veinte lámparas de araña que penden de veinte cuerdas doradas, pero sólo unas pocas se encienden. El efecto, cuando alzas la vista, al anochecer de un día invernal, ese momento en que el crepúsculo se disuelve en la negrura, es inquietante, un estudio piranesiano de candelabros que cuelgan bajo unas cúpulas agrietadas y apenas iluminadas que, según la intensidad de la iluminación y los diversos alcances de las sombras arrojadas en todas las direcciones por las retículas transversales de las bóvedas, aparecen de un modo alternativo más altas o más bajas, más bellas, con esa hermosura de las ruinas, o más atrozmente espectrales de lo que probablemente son en realidad, una siniestra estructura necesitada de restauración antes de que se venga abajo, de que se precipite, con defectuosas lámparas y todo, sobre nuestras cabezas. O así se lo parecería al lector inquieto obsesionado por la muerte. ¡Y por cierto, ya que he mencionado las cabezas! Desde donde estaba sentado, encajado en el confidente junto al desconsolado Virgil, podía mirar más o menos al nivel de los ojos a una docena de mamíferos sin vida, montados en placas y colgados de la pared, frente a mí (la única excepción, un reno al que le han arrancado los ojos, dejando en su lugar dos heridas), cada uno de ellos con una u otra señal de humillación: orejas laceradas que sobresalían de las apelmazadas y grises crines, astas o cuernos desportillados, bocas enteras desdentadas o hendidas en la base, deterioro general bajo las capas de polvo. Pobres animales echados a perder, cuánto me apenan. . . Sus rostros parecen lanzar un grito de terror definitivo. Qué miserable manera de pasar la vida eterna, colgados de las paredes de una sala llena de hombres que se caen o intercambian obscenidades a gritos mientras se deleitan con obras pornográficas francesas e inglesas del siglo XVIII, una de nuestras colecciones especiales que suscita mayor interés, sobre todo (¿predecible?, ¿comprensiblemente?), entre los casados más jóvenes, quienes actúan como si ese género de libros no les afectara en absoluto pero que siempre, cada vez que celebramos una reunión social, son los primeros en dirigirse a los armarios de caoba y cristal donde se guardan esos volúmenes. En fin, ¿a quién creían que engañaban? Allí estaban, en su rincón, aquellos cabrones cachondos, Seth, Vidal, Gustavus y Clay, el habitual grupo al completo: soltaban risitas mientras pasaban las páginas, y se jactaban («a ésta me la tiraría»), incluso mientras su hermano, el científico de la flora pluvisílvica yacía semicataléptico, babeante, incontinente, perdido el juicio, a menos de seis metros de distancia. Que no se me entienda mal, no pretendo pasar por mojigato, me gusta una buena ilustración erótica; y ésas son unas imágenes trazadas con suma destreza, hermosas a la manera de los grabados que hiciera Hogarth de Gin Lane, es decir, de un llamativo carácter grotesco y, por lo tanto, fantásticamente curiosas para el voyeur furtivo; en definitiva, disfruto tanto como cualquiera de una buena imagen erótica. Pero esas escenas de camerino, con libertinos de piernas raquíticas que introducen sus delgados penes en las queridas corpulentas inclinadas sobre barandillas o los respaldos dorados de sillas (las faldas de las mujeres abiertas por detrás para revelar unos genitales mal delineados, un atisbo huidizo de muslo), esas escenas de camerino, trascocina y palco de la ópera son mucho más turbadores (por lo que dicen sobre la vida privada, la salud pública y la historia de la moda y el gusto sexuales europeos) que eróticos. La falta de atención a la higiene en la Era de la Ilustración está bien documentada. Cierta degeneración sifilítica acecha en los grabados de esas láminas que representan legañosos aristócratas que hacen el amor por detrás sin quitarse el sombrero. Incluso el papel en el que están reproducidas permanece en un estado de decrepitud amarillenta que sólo empeora la aparente palidez, el aire enfermizo de los personajes. A Seth, Vidal, Gustavus y Clay no parece inquietarles esta imaginería de muerte, tal vez porque están casados y tienen la sensación de que vivirán eternamente gracias a su progenie. Es ese viejo problema del linaje. No hay modo de evadir el impulso procreador. El celibato conduciría en línea recta al aburrimiento y la espera sin objeto que es el requisito previo de una renovada pasión por la vida. ¿Qué es esta biblioteca roja sino una sala de espera amueblada de una manera opresiva donde unos hombres adultos se mueven nerviosos mientras lanzan pequeñas arengas sobre el trabajo, el sexo o sus arcaicos agravios interpersonales, todavía vigentes, desde nuestro centenar de infancias superpuestas? Así es, en efecto. Allá, junto a los altos estantes que contienen los rimeros de la revista National Geographic, había cierto bullicio. Era Foster, quien se estaba acalorando acerca de su tema favorito: el cosmos en peligro. Todos teníamos que soportar los improvisados desvaríos de Foster sobre el destino de la humanidad. Aquella noche Andrew era su presa desventurada.

-Hablo muy en serio de esos peligros en evolución, hermanito- previno Foster a Andrew, a quien tenía acorralado contra un revistero. La insistencia es una de las características básicas que tiene la conversación de Foster. Aquella noche estaba excitado. Se inclinó adelante, clavó su mirada iracunda en la cara de Andrew y afirmó-: Los cambios terrestres se acercan. Todo apunta hacia un cambio geofisiológico imponente. Llevo diciendo esto desde hace años y lo repito. ¡El nivel de los océanos aumenta! ¡Las plantas y los mamíferos se extinguen! ¡Las ciudades interiores se mueren y las calamidades genéticas de todo género corretean sueltas por ahí como si fuese un domingo en el parque!

-¿De qué estás hablando, Foster?

-De la inminente oleada de nuevos cánceres que se extenderán por todas partes como el resfriado común durante la marea roja global de los futuros inmediatos.

-¿Futuros?

-Pues claro. ¡El futuro es el agregado de todos los futuros sostenibles de los yoes individuales!- exclamó Foster, como si hablara con un niño. Entonces añadió-: ¿Sabes, Andrew?, admiro de veras el trabajo que estás haciendo con los que no tienen hogar.

-¿Qué quieres decir?

-Nada más que eso.

La luz estaba disminuyendo en la biblioteca roja. Anochecía, y en el exterior el cielo invernal parecía ceniciento tras los cristales de las ventanas de la parte este. ¿Qué hora era? Esa hora melancólica antes de que saliera la luna, la hora del cóctel. ¿Por qué no estaba encendida la chimenea? ¿Dónde estaba Spooner? Spooner siempre llevaba encima un frasco de licor.

-Al fin y al cabo, en un sentido metafísico todos somos indigentes, ¿no es cierto?- le decía Foster a Andrew, con vehemencia.

Foster tenía el rostro enrojecido, y sus ojos ardientes reflejaban la creencia en algo superior. En un momento u otro nuestro Foster ha divulgado las cosas más sorprendentes: sincronicidad, telepatía interespacial (los animales leen nuestras mentes), intervención seráfica (los ángeles nos ayudan a tener éxito en la vida), resonancia mórfica (cada miembro de un grupo familiar interrelacionado genéticamente, por muy disperso que esté o sea en apariencia desigual, incluirá o abarcará de inmediato los atributos cambiados y las habilidades aprendidas de un individuo), la posible teoría del mundo, la astrología china y el surtido de adivinaciones antiguas sobre la transformación planetaria en los años posteriores al milenio. Si Foster se saliera con la suya, todos abandonaríamos nuestras depresiones en favor de una sincera cruzada en favor de una reforma espiritual a gran escala. A este respecto, en su interés por la defensa de una u otra causa, el ampuloso Foster no se diferencia de Andrew, su hermano más pragmático, quien a menudo, durante las reuniones familiares, pasa el sombrero a fin de recoger donativos para ayudar a los residentes de la floreciente ciudad de tiendas de campaña que ha brotado, parece que prácticamente de la noche a la mañana, en el prado sin cultivar que se extiende más allá de nuestros muros.

Siempre le doy a Andrew la calderilla que encuentro en los bolsillos. Entrada la noche, se ven sus fogatas allá afuera.

-¿Hace frío aquí o sólo lo siento yo?- susurró Virgil.

-Está claro que hay una corriente de aire- le dije. Notaba el calor húmedo de su cuerpo, apretado contra el mío en el confidente con borlas y bordados. Las mejillas y la frente de Virgil tenían esa palidez que acompaña a sus fiebres nocturnas recurrentes-. ¿Quieres mi suéter?

-No.

-¿Te encuentras bien?

-Cuando Hiram haya encendido el fuego estaré bien.

-¿De veras?

-Seguro.

-Ya me lo dirás.

-Muy amable, gracias.

Entonces observamos la escena que tenía lugar alrededor de Maxwell. El caído estaba tendido boca arriba, rodeado de pies, inmóvil y con la ropa hecha un estropicio. Barry se había arrodillado junto a su cabeza. Detrás de él, otros hombres miraban fijamente la cara de Max y las manos del médico, una de las cuales parecía estar dentro de la boca de Maxwell. Sí, en efecto, Barry había metido una mano en la boca de Maxwell, como si buscara algo. Entonces la sacó y aspiró hondo. Apretó la nariz del caído con los dedos, se agachó hacia su boca y le insufló aire varias veces.

-Esto es grave- comentó alguien.

Y fue como si el mero enunciado bastara para hacer que todo fuese real: la vida de nuestro querido hermano en peligro y todos nosotros remoloneando en sofás y sillones como los ineptos que somos (todos excepto Barry, que seguía inclinado sobre la cabeza de Maxwell, soplando sin cesar). Era como aquella vez, cuando Vincent tenía cinco años y se cayó del tejado. Sólo Raymond y Nick estaban presentes, jugando en el jardín, y eran demasiado pequeños para comprender la gravedad de lo ocurrido, por lo que Vince, sangrando, se arrastró por la grava, subió los escalones hasta el vestíbulo y allí se desvaneció en medio de un charco de su propia sangre. Tampoco entonces nadie sabía qué hacer. Menos mal que ahora teníamos a Barry y, por suerte, Maxwell no sangraba. Del bolsillo superior de su chaqueta cruzada parecía sobresalir una ramita con hojas verdes.

Oí la voz baja de Virgil, su respiración húmeda me cosquilleó la oreja mientras acercaba su cara a la mía y se quejaba con vehemencia.

-Joder, son los perros de Chuck.

Era cierto. Los perros cruzaron velozmente la alta puerta del lado este de la biblioteca, sus garras arañando con fiereza el parqué, un veloz dóberman y un ovejero inglés que estaba mudando el pelaje. Gunner y Rolfe, sueltos como de costumbre, corrieron aviesamente hacia Maxwell como si fuese un juguete para abalanzarse sobre él y lamerlo.

-¡Quietos!- gritó Henry.

-¡Cuidado!- aulló Arthur.

-¡Perros!- chilló James

-¡Ojo!- advirtió Simon.

Ambos perros, con las lenguas fuera, se pusieron encima de Max, le golpearon con las patas, le pisotearon el abdomen.

-¡Agárrale la pata!

-¡Cúbrele la boca con la mano!

-¡Por el otro lado!

-¡Apartadlos de la cabeza!

Entonces se oyó la voz de Foster, aguda y clara:

-¡Dejadlos en paz!- gritó el experto en telepatía animal-. ¡Ellos saben lo que hacen! ¡Están tratando de ayudar! ¡Quieren reanimarle! ¡Eso es lo que hacen los perros!

- Monsergas- dijo alguien mientras, desde la puerta, Chuck, el propietario de los perros, fiscal del condado, entraba en la sala tras sus animales.

-Sentaos- les ordenó con autoridad.

Los perros se apresuraron a obedecer, bajaron del inerte Max y lo flanquearon. Allí se quedaron, como dos peludos y atentos guardianes, escudriñando discretamente los serios semblantes de quienes los miraban junto a Maxwell, cuyos rostro y cabello quedaron lacados de saliva canina. La camisa del botánico y mi corbata de seda italiana estaban pegajosos, debido a la humedad de aquellos perros que jadeaban y babeaban. Su acometida había derribado a Barry, quien ahora se estaba levantando, quejumbroso. Gunner, provisto de un collar con tachones de adorno, mostró los dientes y gruñó.

Por suerte, el dueño del animal se acercó con las traíllas y el bolsillo lleno de golosinas. Chuck les habló con esa voz imperturbable y canturreante que adoptan los dueños de los perros cuando se dirigen a sus animales.

-Tranquilo, Gunner, muchacho, tranquilo. Buen chico, Gunner, buen perro, tranquilo, Gunnerito, buen perro.

El dóberman se puso malhumorado. Chuck sacó las golosinas y las lanzó al aire, hacia las fauces de sus perros. El ovejero y el dóberman movieron las cabezas para capturar diestramente el obsequio sin apartarse un solo centímetro de Max.

El ovejero es un encanto, pero todo el mundo teme al otro, por su raza.

Por supuesto, todo esto provocó los reproches de Barry.

-Estoy tratando de reanimar a tu hermano, ¿por qué no dominas a tus animales?- le dijo-. Sobre todo a ése- añadió, mirando furibundo al dóberman.

Chuck salió en defensa del perro.

-Gunner nunca ha hecho daño a nadie. Son los seres más buenos que ha creado Dios. Deja a Gunner en paz. Toma, chico.

Deslizó otra golosina en la boca del purasangre negro y canela. Los ojos de Gunner tenían un brillo maníaco. Se sentía como enjaulado, lo mismo que todos nosotros en aquel largo momento, mientras se ponía el sol y las sombras arrojadas por las lámparas se alargaban en las paredes cada vez más oscuras de la enorme sala roja.

Los perros se dedicaron a masticar, mientras Barry palpaba a Maxwell en busca de signos vitales. Siegfried, Christopher y Milton estaban al lado, esperando por si el médico necesitaba su ayuda. Rolfe, el lanudo ovejero, husmeó afablemente las ropas de Maxwell. Nadie parecía darse cuenta de que Rolfe olía la misteriosa rama verde que sobresalía del bolsillo superior de la chaqueta de Max. ¡Un palo! Rolfe aferró el hojoso palito con la húmeda boca y se alejó al trote con él. Gunner observó estos movimientos de su compañero. Cerca alguien estornudó. ¿Una reacción a los perros? Es imposible mantenerte informado de quiénes de nosotros son alérgicos. A todos nos salen sarpullidos y siempre hay alguien que estornuda, otro que tose o tiene la gripe y hay quien continuamente está en trance de vomitar. ¿Hasta qué punto puedes conocer realmente las aflicciones ajenas?

-¿Quiere alguno traerme mi maletín, por favor?- inquirió Barry en su habitual tono autoritario, como si se dirigiera a un sirviente.

El maletín estaba al lado de la chimenea, y Hiram era quien se encontraba más cerca de él. Christopher fue a buscarlo.

-Dios mío, no permitas que le ponga una inyección a Max, por favor- susurró el nervioso Virgil, que se cubrió el rostro con las manos y se negó en redondo a mirar cuando Christopher le llevó el maletín a Barry.

El médico lo abrió y sacó unos guantes quirúrgicos de látex, algodón y varios utensilios. Gunner, como perro que era, no pudo resistirse a investigar todo aquello con el hocico.

-Sacad al perro de aquí- dijo Barry, y alzó una ampolla que contenía lo que resultó ser un opiáceo contrario administrado para contrarrestar la depresión respiratoria inducida por una sobredosis de narcótico. ¿Cómo era posible que un médico de cabecera tuviera una ampolla de semejante sustancia en su maletín? La respuesta es sencilla y penosa. En el transcurso de los años, Barry ha tenido que rescatarnos a muchos de nosotros, incluido Virgil, de malos viajes.

Max tenía el rostro ceniciento. Sus hermanos formaban un círculo a su alrededor y escrutaban sus ojos abiertos y quietos.

-¿Por qué tiene la lengua verde?- preguntó Siegfried, quien aún aferraba varios fragmentos de porcelana.

Fielding, con su cámara de ocho milímetros en mano, iba de un lado a otro, probando distintos ángulos. Finalmente Chuck cogió a Gunner por el collar y lo ató a un sillón art nouveau. El espacio dejado por el perro ofreció a Fielding un pasillo despejado para llegar hasta él.

-A ver, ¿puede alguno de vosotros mover un poco esa mesita baja a la izquierda? A mi izquierda, digo. Un poco atrás. Cuidado con el borde de la alfombra. Perfecto. Que no se mueva nadie, ¿de acuerdo?- previno Fielding a sus hermanos.

Entretanto Chuck trataba de tranquilizar a su animal.

-Lo siento, compañero, pero tengo que atarte- le decía.

El dóberman, al verse sujeto, empezó a ladrar. El estrépito del perro hizo que Virgil alzase la cabeza, sorprendido. En aquel momento Barry hizo las cosas que hacen los médicos con la ampolla y la jeringa, el gesto ceremonioso con el recipiente y la aguja mientras el líquido pasa al depósito de la jeringa hipodérmica.

-Oh, no- susurró Virgil.

-Procura no apurarte por eso- le dije.

-No puedo evitarlo, Doug. Veo eso y todo empieza a volverse negro y siento como si me estrangularan.