Capítulo 71 de Como
la huella del pájaro en el aire, de Héctor Bianciotti
Cuando fui a
verlo en el mes de abril, Borges estaba en el hospital cantonal, en cama, y sin
embargo, al oírlo, cualquiera hubiera dicho que se hallaba en uno de los cafés
de Saint-Germain-des-Près que tanto le gustaba frecuentar. Si su sapiencia
siempre me había impresionado, la tarde en que fui a verle al hospital
permanece como ejemplar en mi memoria, por su sencillez, por esa lección que
parecía venir de los antiguos, del fondo de los siglos. Yo pensaba como él,
aceptaba que nadie escapa a las leyes y a las pautas que rigen este mundo, que
nuestro destino es luchar como si el mundo fuese un proyecto y nosotros sus
obreros.
Si tuviera que
describir brevemente la sapiencia que emanaba de él durante esas horas pasadas
en su compañía, diría que consistía, ese día, en su capacidad de ignorar la
enfermedad, de no aludir a ella, de vivir con dulzura, llenando su tiempo, que
se había vuelto tan lento, con lo que todavía le quedaba por empezar, o por
terminar; el porvenir ya no le concernía, no invadía el presente, donde ayer es
todavía y mañana, ya.
Se parecía en
eso a lo que tardíamente pude constatar en mi madre: ni añoranza del pasado, ni
esperanza o miedo hacia el porvenir, sino una humilde atención al instante. Y
la costumbre de imponerse una conducta que no suscitara la preocupación en el
testigo, o su compasión: cada compromiso, como si fuese el primero y el único.
Borges
trabajaba en un guión sobre Venecia, que le habían encargado, y en el prefacio
a la edición de su obra en la Pléiade, que terminaría un mes más tarde, tres
semanas antes de su muerte. Recitaba poemas, entre ellos una pieza de Cocteau,
para comentarme que el poeta había logrado encontrar una palabra que rimaba con
«sífilis», volviendo así aceptable esa palabra que la poesía no ha previsto.
Nos hizo reír cuando le trajeron la cena, tres purés cuyos colores nos pidió
que le describiéramos, comparándolos con la insipidez común a los tres. E
imaginó un paté de conejo en su propia piel, o un fénix cocinado en su propia
ceniza.
Ignoro si estos
fragmentos de recuerdos, estas migajas, pueden sugerir lo que fue ese rato. A
Borges le gustaba reír, aunque a menudo no reía de manera evidente, hasta
cuando su risa, siempre dispuesta, ya se había extinguido para decir algo que
la provocaba a su vez en el interlocutor. Estas imágenes, como en el caso de
Guibert, me parecen preciosas si no se pierden de vista las circunstancias, la
muerte, que él sabía inminente.
¿Se preparaba
para entrar en la muerte como se entra, conforme lo deseaba, en una fiesta, o
quería permanecer fiel a uno de sus últimos poemas, en memoria del amigo
ginebrino que acababa de morir?
María lo incitó
a levantarse, era necesario que caminase, que se paseara. Mientras cruzábamos
el umbral de la habitación y entrábamos en el vasto, interminable corredor,
salió tomándonos del brazo, declamando, con esa voz que le ahuecaba el pecho,
buscando la férrea música del idioma sajón, el pasaje de la «Balada de Maldon»
en el que un joven soldado que ha ido a cazar, al oír de repente el llamado de
su jefe, deja que el bienamado halcón vuele de su mano hacia el bosque, y él
entra en la batalla.
Nos sentamos en
el fondo del corredor, en la rotonda, bajo la claraboya que a esa hora de la
tarde irradiaba una feroz luminosidad química. Borges advirtió su intensidad:
«Ahora ya no veo más que ese horrible color violeta». Largo tiempo le había
sido fiel el amarillo; al comienzo de la ceguera, distinguía el verde del azul.
Temeroso
siempre de expresarme con imprecisión delante de él, de proferir trivialidades
—que él cazaba al vuelo, no sin agregar, según su costumbre, esa interrogación
monosilábica de cortesía, al final de una frase: «¿No?»—, debí de preguntarle
algo sobre las literaturas antiguas que él amaba. Sin responder a mi pregunta,
empezó a recitar, escandiendo párrafos rimados en los que creí reconocer
sonidos ingleses.
«Es horrible,
¿no?»
Se trataba de
la traducción de la Odisea perpetrada
por el prerrafaelista William Morris, que pretendía extirpar del inglés todas
las palabras de origen latino.
Sólo por el placer de oírle repetir una de las frases de él que prefiero, le pregunté por qué había aprendido de memoria algo horrible. «La fealdad es tan memorable como la belleza», contestó, con un tono casi alegre.