La amante de Brecht

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Estuvo largo rato viendo pasar bosques, bosques rojizos.

Brecht bajó del coche en la frontera interzonal, entró en el puesto de policía alemán y llamó por teléfono al Deutsches Theater. Su mujer, Helene Weigel, se quedó estirando las piernas junto al vehículo. Un camión blindado se oxidaba en la cuneta.

Una hora después fueron tres coches negros a recoger a la pareja. Iban Abusch, Becher, Jhering, Dudow, miembros todos de la Liga Cultural. Les comentaron que los de la prensa esperaban en la estación y Brecht dijo:

–¡Así nos hemos librado!

Y sonrió. Helene sonrió y Becher también, Jhering un poco menos y Dudow nada. Con un ramo de margaritas entre los brazos, Helene Weigel permanecía erguida entre los oficiales. Traje chaqueta negro, rostro huesudo, mirada severa, pelo estirado, se mostraba sonriente e inflexible.

Bertolt Brecht dio la mano unas cuantas veces. Rostros blancos. Rostros grises. La pareja permaneció inmóvil entre los oficiales de la Liga Cultural, todos con abrigo.

Todo el mundo parecía impresionado por aquel Brecht de cara redonda y pelo peinado sobre la frente como un emperador romano.

Veían por fin al gran Brecht, el más famoso dramaturgo alemán, regresar al solar patrio tras quince años de exilio.

Cuando los policías apartaron al último fotógrafo, Brecht cerró la portezuela del coche y el convoy oficial se puso en marcha.

Brecht iba mirando aquella carretera asfaltada que conducía a Berlín.

Parecían entrar no en una ciudad sino en un mundo gris.

Pintadas obscenas, árboles, hierba, grandes riberas abandonadas, balcones colgando, plantas raras, edificios en ruinas que surgían en mitad de los campos.

El coche penetró en el corazón de Berlín. Mujeres con pañuelos en la cabeza numeraban piedras.

Brecht había salido de Alemania el 28 de febrero de 1933. Por entonces había estandartes y cruces gamadas en todas las calles... Hoy era 22 de octubre de 1948. Habían transcurrido quince duros años. Hoy los coches oficiales adelantaban a gran velocidad camiones soviéticos y apenas se veía algún que otro transeúnte mal vestido.

Brecht bajó el cristal y le pidió al chófer que parase. Se apeó, encendió un puro y se quedó contemplando aquellas ruinas. Había un vasto silencio, paredes blancas, ventanas renegridas, innumerables edificios derruidos. Sol de atardecer, viento; muchas curiosas mariposas; piezas de artillería desmanteladas; un blocao.

Brecht se sentó en una piedra, oyó al chófer decirle que si los empresarios echaran una mano podrían reconstruir la ciudad más deprisa y pensó que habían sido precisamente los empresarios los que la habían echado a tierra. Subió de nuevo al coche, largas sombras de tabiques caían dentro como cuchillas.

Kilómetros de escombros, de cristales rotos, de carros blindados, de barreras, de soldados soviéticos junto a caballos de Frisa y alambradas. Ciertos edificios parecían grutas. Cráteres, enormes extensiones de agua, más ruinas, descampados, descampados inmensos, en los cuales a veces, reunidas en torno a una parada de tranvía, se veían algunas personas.

El personal del hotel Adlon lo esperaba asomado a las ventanas.

En la gran habitación Brecht se quitó la gabardina, la chaqueta. Se dio una ducha, eligió una de las camisas que llevaba en la maleta. Cuatro pisos más abajo lo esperaba la tierra alemana.

Se pronunció un discurso de bienvenida en el salón del hotel. Mientras le agradecían su presencia allí Brecht se quedó medio dormido; pensaba en un cuento alemán muy antiguo que había leído en el instituto de Augsburgo y del cual se había acordado estando en California. Una criada advirtió un día que un duendecillo doméstico se sentaba a su lado junto al fuego, le hizo sitio y desde entonces pasaban en amor y compaña las largas noches de invierno. Un día la criada le pidió a Heinzchen (así llamaba ella al duendecillo) que se mostrara bajo su verdadero aspecto. Heinzchen se negó, pero luego, ante la insistencia de la mujer, aceptó y le dijo que bajara al sótano, que ahí se le mostraría. La criada cogió un candil y al bajar vio, dentro de un tonel abierto, el cadáver de un niño inmerso en su propia sangre. Muchos años antes la criada había dado a luz secretamente a un hijo, lo había degollado y lo había escondido en un tonel.

Para sacarlo de su modorra, o más bien de su meditación, Helene Weigel le dio a Brecht unos golpecitos en el hombro. Brecht se enderezó, puso buena cara y pensó que Berlín era un tonel de sangre, que Alemania, desde su adolescencia, en plena guerra del 14, era también un tonel de sangre y él el espíritu de Heinzchen.

La sangre había corrido por las calles de Múnich y la Alemania moderna había llegado a derramar tanta como en los viejos cuentos germánicos. Él había vuelto al sótano y ahora quería salvar al niño, educarlo, lavar con agua fría aquella sangre que había aún sobre las losas del sótano. Eso es lo que había hecho Goethe con su Fausto, Heine con su Alemania, la mancha era más extensa que nunca; la madre Alemania estaba medio asfixiada.

Por las ventanas veía a mujeres calzadas con grandes zapatos que numeraban piedras. Ya no había calles, sino carreteras y nubes.

Más tarde, en un salón del club de la Liga Cultural, Dymschitz pronunció un discurso breve e inteligente.

Brecht, divertido, observó a Becher, Jhering y Dudow. Vaya trío gracioso y mal avenido, pensó en medio del humo de su puro. Allí delante tenía a los encargados de guiar a Alemania del Este hacia las concepciones grandiosas de la fraternidad artística. Dos de ellos habían sido amigos de juventud. Ahora eran «camaradas».

Imaginemos a tres hombres con gabán oscuro, camisa blanca y corbata de lunares; imaginémoslos en el salón de La Gaviota, vestidos con trajes hechos de un espantoso algodón soviético. Dymschitz estaba leyendo tres hojas grises. Se mostraba refinado como un profesor de universidad que, nombrado rector, guarda la línea para seducir a las jovencitas.

A su lado estaba Johannes Becher. Él no había cambiado. Gafas redondas con lentes de miope: seguía teniendo un aire tierno y afable. Becher se acordaba de cuando Brecht era un joven delgado, descontentadizo, siempre con sombrero y un puro en la boca. Lo recordaba con los pies en una silla, leyendo o, mejor dicho, arrugando periódicos berlineses, satisfecho de haber ganado muy rápido mucho dinero con La ópera de cuatro cuartos; por entonces aprendía «economía de guerra» en un librito azul de tapas duras, se paseaba con dibujos anatómicos, quería comprar un hacha para abrirles la blanda cabeza a los dirigentes de los grandes teatros berlineses. Corría detrás de los tranvías, se subía a los tejados de los teatros con una bailarina de cada brazo. Pensaba dar al público luchas sociales formidables. ¿El problema? Aún no había tenido tiempo de leer a Marx, pero creía a machamartillo en el marxismo por considerarlo un inmenso venero de ideas para comedias. Y Becher, en realidad, mientras Dymschitz leía su discurso de bienvenida, se preguntaba si el viejo Brecht llevaría hoy un hacha escondida en el abrigo. Romperles la crisma a los escritores oficiales de la RDA...

Johannes Becher, nombrado alto responsable cultural en la zona, pensaba en el abrigo de piel impecable que Brecht gastaba de joven. Y se preguntaba si su propia piel se le habría vuelto lo suficientemente dura como para enfrentarse a los «camaradas» expertos en opiniones marxistas, los «especialistas» que dirigían la temible Unión de Escritores.