El largo viaje

Extracto Jorge Semprún, El largo viaje

 

 

Este hacinamiento de cuerpos en el vagón, este punzante dolor en la rodilla derecha. Días, noches. Hago un esfuerzo e intento contar los días, contar las noches. Tal vez esto me ayude a ver claro. Cuatro días, cinco noches. Pero habré contado mal, o es que hay días que se han convertido en noches. Me sobran noches; noches de saldo. Una mañana, claro está, fue una mañana cuando comenzó este viaje. Aquel día entero. Después, una noche. Levanto el dedo pulgar en la penumbra del vagón. Mi pulgar por aquella noche. Otra jornada después. Aún seguíamos en Francia y el tren apenas se movió. En ocasiones, oíamos las voces de los ferroviarios, por encima del ruido de botas de los centinelas. Olvídate de aquel día, fue una desesperación. Otra noche. Yergo en la penumbra un segundo dedo. Tercer día. Otra noche. Tres dedos de mi mano izquierda. Y el día en que estamos. Cuatro días, pues, y tres noches. Avanzamos hacia la cuarta noche, el quinto día. Hacia la quinta noche, el sexto día. Pero ¿avanzamos nosotros? Estamos inmóviles, hacinados unos encima de otros, la noche es quien avanza, la cuarta noche, hacia nuestros inmóviles cadáveres futuros. Me asalta una risotada: va a ser la Noche de los Búlgaros, de verdad.

–No te canses –dice el chico.

En el torbellino de la subida, en Compiègne, bajo los golpes y los gritos, cayó a mi lado. Parece no haber hecho otra cosa en su vida, viajar con otros ciento diecinueve tipos en un vagón de mercancías cerrado con candados. «La ventana», dijo brevemente. En tres zancadas y otros tantos codazos, nos abrió paso hasta una de las aberturas, atrancada con alambre de púas. «Respirar es lo más importante, entiendes, poder respirar.»

–¿De qué te sirve reír? –dice el chico–. Cansa para nada.

–Pienso en la noche que viene –le digo.

–¡Qué tontería! –dice el chico–. Piensa en las noches pasadas.

–Eres la voz de la razón.

–Vete a la mierda –me responde.

Llevamos cuatro días y tres noches encajados uno en el otro, su codo en mis costillas, mi codo en su estómago. Para que pueda colocar sus dos pies en el suelo del vagón tengo que sostenerme sobre una sola pierna. Para que yo pueda hacer lo mismo y sentir relajados los músculos de las pantorrillas, también él se mantiene sobre una pierna. Así ganamos algunos centímetros, y descansamos por turno.

A nuestro alrededor, es la penumbra, con sus respiraciones jadeantes y empujones repentinos, enloquecidos, cuando algún tipo se derrumba. Cuando nos contaron ciento veinte ante el vagón, tuve un escalofrío, intentando imaginar lo que podía resultar. Es todavía peor.

Cierro los ojos, los vuelvo a abrir. No es un sueño.

–¿Ves bien? –le pregunto.

–Sí, ¿y qué? –dice–, es el campo.

Es el campo, en efecto. El tren rueda lentamente sobre una colina. Hay nieve, abetos altos, serenas humaredas en el cielo gris.

Mira un momento.

–Es el valle del Mosela.

–¿Cómo puedes saberlo? –le pregunto.

Me mira, pensativo, y se encoge de hombros.

–¿Por dónde quieres que pasemos?

Tiene razón, el chico, ¿por dónde quiere usted pasar y para ir Dios sabe adónde? Cierro los ojos y algo canturrea suavemente en mí: valle del Mosela. Estaba perdido en la penumbra cuando he aquí que el mundo se vuelve a organizar en torno mío, en esta tarde de invierno que decae. El valle del Mosela, esto existe, debe encontrarse en los mapas, en los atlas. En el liceo Henri IV armábamos jaleo al profesor de geografía, seguro que de allí no guardo recuerdo alguno del Mosela. En todo aquel año no creo haber aprendido una sola lección de geografía. Bouchez me tenía una rabia mortal. ¿Cómo era posible que el primero en filosofía no se interesara por la geografía? No había relación ninguna, claro está. Pero me tenía una rabia mortal. Sobre todo desde aquella historia de los ferrocarriles de Europa Central. Me tocó el gordo, y hasta le solté los nombres de los trenes. Me acuerdo del Harmonica Zug, le puse entre otros el Harmonica Zug. Buen trabajo –anotó–, pero apoyado en exceso en recuerdos personales.» Entonces, en plena clase, cuando nos devolvió los ejercicios, le advertí que no tenía ningún recuerdo personal de Europa Central. No conozco la Europa Central. Simplemente, lo saqué del diario de viaje de Barnabooth. ¿No conoce usted a A.O. Barnabooth, señor Bouchez? En verdad, nunca he sabido si conocía o no a A.O. Barnabooth. Estalló y por poco me forman consejo de disciplina.

Pero he aquí el valle del Mosela. Cierro los ojos y saboreo esta oscuridad que me invade, esta certeza del valle del Mosela, fuera, bajo la nieve. Esta certeza deslumbrante de matices grises, los altos abetos, los pueblos rozagantes, las serenas humaredas bajo el cielo invernal. Procuro mantener los ojos cerrados, el mayor tiempo posible. El tren rueda despacio, con un monótono ruido de ejes. Silba, de repente. Ha debido desgarrar el paisaje de invierno, como ha desgarrado mi corazón. Deprisa, abro los ojos, para sorprender el paisaje, para cogerlo desprevenido. Ahí está. Está, simplemente, no tiene otra cosa que hacer. Podría morirme ahora, de pie en el vagón atiborrado de futuros cadáveres, él seguiría ahí. El valle del Mosela estaría ahí, ante mi mirada muerta, suntuosamente hermoso como un Breughel de invierno. Podríamos morir todos, yo mismo y este chico de Semur-en-Auxois, y el viejo que aullaba hace un rato sin parar, sus vecinos han debido derribarle, ya no se le oye, él seguiría ahí, ante nuestras miradas muertas. Cierro los ojos, los abro. Mi vida no es más que este parpadeo que me descubre el valle del Mosela. Mi vida se me ha escapado, se cierne sobre este valle de invierno, es este valle dulce y tibio en el frío del invierno.

–¿A qué juegas? –dice el chico de Semur.

Me mira atentamente, intenta comprender.

–¿Te encuentras mal? –me pregunta.

–En absoluto –le digo–. ¿Por qué?

–Entornas los párpados como una señorita –afirma–. ¡Vaya cine!

Le dejo hablar, no quiero distraerme.

El tren tuerce por el terraplén de la vía, en la ladera de la colina. El valle se despliega. No quiero que me distraigan de esta tranquila alegría. El Mosela, sus ribazos, sus viñedos bajo la nieve, sus pueblos de viñadores bajo la nieve me entran por los ojos. Hay cosas, seres y objetos de los que se dice que te salen por las ventanas de la nariz. Es una expresión francesa que siempre me ha hecho gracia. Son los objetos que os estorban, los seres que os agobian, que se arrojan, metafóricamente, por las ventanas de la nariz. Vuelven a su existencia fuera de mí, arrojados de mí, trivializados, degradados por este rechazo. Las ventanas de mi nariz se vuelven la válvula de escape de un orgullo desaforado, los símbolos propios de una conciencia que se imagina soberana. ¿Esta mujer, este amigo, esta música? Se acabó, no se hable más, por las ventanas de la nariz. Pero el Mosela es todo lo contrario. El Mosela me entra por los ojos, me inunda la mirada, empapa mi alma con sus aguas lentas como si fuera una esponja. Ya no soy más que este Mosela que invade mi ser por los ojos. No se me debe distraer de esta alegría salvaje.

–Se hace buen vino, en esta tierra –dice el chico de Semur.

Quiere que hablemos. No habrá adivinado que me estoy anegando en el Mosela, pero siente que hay algo sospechoso en mi silencio. Quiere que seamos serios el chico, no es una broma este viaje hacia un campo en Alemania, no hay por qué entornar los párpados, como un idiota, ante el Mosela. Él es de tierra de viñedos, pues se aferra a los viñedos del Mosela, bajo la nieve fina y pulverizada. Es algo serio, los viñedos, él está al tanto.

–Un vinillo blanco –dice el chico–. Aunque no tan bueno como el chablis.

Se venga, es normal. El valle del Mosela nos ha encerrado en sus brazos, es la puerta del exilio, un camino sin retorno, quizá, pero su vinillo blanco no se puede comparar al chablis. En cierto modo es un consuelo.

Él quisiera hablar del chablis, y yo no le hablaré del chablis, desde luego, no ahora. Sabe que tenemos recuerdos comunes, que tal vez nos hayamos encontrado sin conocernos. Él estaba en el maquis, en Semur, cuando Julien y yo fuimos a llevarles armas, después del golpe de la serrería, en Semur. Quisiera que evocásemos recuerdos comunes. Son recuerdos serios, como los viñedos y el trabajo en las viñas. Recuerdos sólidos. ¿Quién sabe, tendrá miedo de estar solo, de repente? No lo creo. Al menos, todavía no. Es mi soledad, sin duda, lo que le da miedo. Ha creído que yo flaqueaba, de repente, ante este paisaje dorado sobre fondo blanco. Ha creído que este paisaje me había afectado en algún punto flaco, y que yo cedía, que me enternecía de repente. Ha tenido miedo de dejarme solo, el chico de Semur. Me ofrece el recuerdo del chablis, quiere que bebamos juntos el vino nuevo de los recuerdos comunes. La espera en el bosque, con los SS emboscados en las carreteras, después del golpe de la serrería. Las salidas nocturnas en Citroën con los cristales rotos, con las metralletas apuntando a la sombra. Recuerdos de hombre, vamos.

Pero no, hijo, no vacilo. No tomes a mal mi silencio. Dentro de un rato hablaremos. Era hermoso Semur, en septiembre. Hablaremos de Semur. Además hay algo que no te he contado todavía. A Julien le fastidiaba haber perdido la moto. Una Gnôme et Rhône potente y casi nueva. Se quedó en la serrería aquella noche, cuando los SS llegaron en tromba y tuvisteis que echaros al monte, a las alturas boscosas. Le fastidiaba haber perdido la moto, a Julien; y fuimos a por ella. Los alemanes habían instalado un puesto encima de la serrería, al otro lado del agua. Fuimos en pleno día y nos colamos en los cobertizos por entre los montones de leña. Allí estaba la moto, oculta bajo unos toldos, con el depósito lleno de gasolina hasta la mitad. La empujamos hasta la carretera. Los alemanes, claro está, iban a reaccionar al oír el ruido del arranque. Había un trozo de carretera con un fuerte declive, totalmente al descubierto. Los alemanes, desde lo alto de su observatorio, iban a disparar sobre nosotros como en una feria. Pero Julien estaba muy apegado a esa moto, se empeñó en recuperarla a toda costa. Ya te contaré esta historia dentro de un rato, te alegrará saber que no se perdió la moto. La llevamos hasta el maquis del «Tabou», en las alturas de Larrey, entre Laignes y Châtillon. Pero no te contaré la muerte de Julien. ¿Para qué contártela? De todos modos, todavía no sé si ha muerto Julien. Julien no ha muerto, todavía, va en la moto conmigo, nos largamos hacia Laignes bajo el sol del otoño, y aquella moto fantasma por los caminos otoñales trastorna a las patrullas de la Feld,* ellos disparan a ciegas al ruido fantasma de la moto por las carreteras doradas de otoño. No te

 

* Feld: Policía Militar. (N. de los T.)

 

contaré la muerte de Julien, tendría demasiadas muertes que contar. Incluso tú morirás, antes de que acabe este viaje. No podré contarte cómo murió Julien, no lo sé aún, y tú habrás muerto antes del final de este viaje. Antes de que regresemos de este viaje.

Aunque estuviéramos todos muertos en este vagón, muertos apiñados de pie, ciento veinte en este vagón, el valle del Mosela, de todas formas, seguiría ahí, ante nuestras miradas muertas. No quiero distraerme de esta certeza fundamental. Abro los ojos. Aquí está el valle labrado por un trabajo secular, con los viñedos escalonados por los ribazos, bajo una fina capa de nieve resquebrajada, estriada por vetas parduzcas. Mi mirada no es nada sin este paisaje. Sin este paisaje estaría ciego. Mi mirada no descubre este paisaje, es revelada por él. Es la luz de este paisaje la que inventa mi mirada. La historia de este paisaje, la larga historia de la creación de este paisaje por el trabajo de los viñadores del Mosela, es la que da a mi mirada, a todo mi ser, su consistencia real, su densidad. Cierro los ojos. Sólo queda el ruido monótono de las ruedas en los raíles. Sólo permanece esta realidad ausente del Mosela, ausente de mí, pero presente en sí misma, tal como en sí misma la hicieron los viñadores del Mosela. Abro los ojos, los cierro, mi vida no es más que un parpadeo.

–¿Estás viendo visiones? –dice el chico de Semur.

–No –digo–, no exactamente.

–Pues lo parece, sin embargo. Parece que no crees en lo que ves.

–Desde luego que sí.

–O que te vas a desmayar.

Me mira con desconfianza.

–No te preocupes.

–¿Resistes? –me pregunta.

–Aguanto, te lo juro. En realidad aguanto bien.