Esgrafiados precedido de Carta siciliana al hombre de la luna

Carta siciliana al hombre de la luna

 

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            ¡Te saludo, a ti que eres un mago y amigo de los magos! Amigo de los solitarios, amigo de los héroes, amigo de los enamorados. Amigo de los buenos y de los malos. Confidente de secretos nocturnos. Confiesa: allí donde hay un confidente, ¿no hay ya algo más de lo que es posible saber?

            Aún recuerdo bien las horas en las que tu rostro aparecía en la ventana, grande y terrible. Tu luz caía en la habitación igual que aquella espada fantasmagórica ante la cual se congela todo movimiento cuando se desenvaina. Cuando sales por encima de los amplios campos de piedra, nos ves dormitar, a todos juntitos, con los rostros pálidos, como las muñecas blancas que, innumerables, descansan en los rincones y pasillos de las ciudades hormiguero, mientras el viento nocturno recorre los grandes bosques de abetos. ¿Acaso no vivimos para ti en los abismos del mar, seres del mar profundo, y aún más hundidos que él?

            Hundida me parecía también mi pequeña habitación, en la que me había colocado una cama, sumergida en un abandono demasiado profundo como para que pudiera ser roto por humanos. Las cosas estaban silenciosas e inmóviles a la luz ajena, igual que criaturas marinas que uno divisa en el fondo bajo una cortina de algas. ¿Acaso no parecían enigmáticamente transformadas, y no es la transformación la máscara tras la que se oculta el secreto de la vida y de la muerte? ¿Quién no conoce esos momentos de indeterminada expectación, en los que uno está al acecho de si la voz del desconocido al que se siente cerca no volverá a resonar en ese mismo instante, y en los que cualquier forma encierra en sí un secreto, aunque sea con esfuerzo? Un crujido en las vigas, la oscilación de un cristal por el que parece pasar una mano invisible, ¡hay que ver cómo el cuarto se carga con los esfuerzos de un ser que desea hallar su sentido, que es capaz de capturar sus señales!

            El lenguaje nos ha enseñado a despreciar demasiado las cosas. Las grandes palabras son como la escala que se extiende sobre un mapa. Pero, ¿no es un solo puñado de tierra más que todo el mundo de un mapa? Antaño el murmullo de las figuras sin nombre tenía aún un sonido extraño, apremiante. En vallas desmoronadas y en las señales de los cruces hay signos grabados, ante los que el ciudadano pasa sin prestarles atención. Pero el vagabundo tiene ojos para ellos, los conoce, para él son la llave en la que se revela el ser de todo un paisaje, sus peligros y su seguridad.

            Bueno, también el niño es una especie de vagabundo que no hace mucho atravesó la oscura puerta que nos separa de nuestra patria atemporal. Por eso también sigue siendo capaz de leer en las cosas el lenguaje de las runas, que hablan de una hermandad más profunda del ser.