Se alza el telón. Día gris en Nueva York. Incluso debería haber un poco de neblina. El decorado sugiere un lugar retirado junto al dique del río Hudson en el que cualquiera puede inclinarse sobre la barandilla, ver los barcos y la franja costera de Nueva Jersey. Digamos que entre la Setenta y la Ochenta Oeste.
Jim Swain, un escritor de cuarenta y
tantos años, espera impaciente, mirando el reloj, caminando de un lado para
otro, llamando por el móvil sin obtener respuesta. Resulta evidente que espera
a alguien.
Se frota las manos, comprueba si
está lloviznando y quizá se levanta un
poco el cuello de la chaqueta cuando nota, al menos, una bruma húmeda.
En ese momento, un mendigo
corpulento y sin afeitar, un habitante de la calle de poco más o menos la edad
de Jim, deambula por los alrededores como si lo estudiara. Su nombre es Fred.
Fred va acercándose a Jim, que se percata de su presencia y,
aunque sin llegar a asustarse, recela de hallarse en una zona desolada con un
tipo corpulento y desagradable. A lo que hay que añadir que Jim espera que su
cita, con quienquiera que sea la
persona a la que espera, se desarrolle con la mayor intimidad posible. Al final, Fred le aborda.
FRED: Un día lluvioso. (Jim asiente, dando a entender que
está de acuerdo, pero que no quiere entablar conversación.) Una llovizna. (Jim
asiente con una sonrisa desganada.) O más bien debería decir una bruvizna:
bruma y llovizna.
JIM: No
sé.
FRED (hace
una pausa): Mira qué velocidad lleva la corriente. Si arrojases la gorra al
río, estaría en mar abierto dentro de
veinte minutos.
JIM (con
reticencia, aunque educadamente): Pues sí...
FRED
(tras una pausa): El río Hudson recorre
más de quinientos kilómetros. Nace en los Adirondacks y desemboca en el vasto
océano Atlántico.
JIM:
Interesante.
FRED: No,
no lo es. ¿Nunca has pensado qué pasaría si la corriente fuese en dirección contraria?
JIM: Pues
no, la verdad.
FRED: El
caos. El mundo estaría desincronizado. Si tirases la gorra al agua, subiría
hasta Poughkeepsie en vez de ir a parar al mar.
JIM: Ya…,
entiendo.
FRED: ¿Has
estado en Poughkeepsie alguna vez?
JIM:
¿Cómo?
FRED: ¿Has
estado en Poughkeepsie alguna vez?
JIM: ¿Yo?
FRED (mira
alrededor para dar a entender que están los dos solos): ¿Quién, si no?
JIM: ¿Por
qué lo pregunta?
FRED: Es
sólo una pregunta.
JIM: ¿Que
si he estado en Poughkeepsie?
FRED: ¿Has
estado?
JIM
(sopesa la pregunta y decide responder): No, nunca, ¿vale?
FRED: Si
nunca has estado allí, entonces ¿por qué pareces tan culpable?
JIM: Oiga,
estoy un poco preocupado.
FRED: No
vienes por aquí con frecuencia, ¿verdad?
JIM: ¿Por
qué lo dice?
FRED:
Interesante.
JIM: Oiga,
¿qué pretende? ¿Va a darme un sablazo? Tome, aquí tiene un dólar.
FRED: Oye,
sólo te he preguntado que si venías por aquí con frecuencia.
JIM
(impacientándose): No. Espero a alguien. Estoy muy intranquilo.
FRED: Vaya
día que has escogido.
JIM: No
sabía que iba a estar así de desagradable.
FRED: ¿No
ves el tiempo en la tele? ¡Joder! Si parece que sólo hablan del puñetero
tiempo. Si estás en Riverside Drive, ¿qué te importa que haya vientos racheados
en el valle de los Apalaches? Por Dios, hombre, que corten ya con ese rollo...
JIM:
Bueno, ha sido un placer hablar con usted.
FRED:
Mira, apenas se divisa Jersey. Hay mucha niebla.
JIM: Mejor
así. Es una bendición...
FRED:
Exacto. A mí tampoco me gusta Jersey.
JIM: En
realidad, estoy bromeando. Intento ser...
FRED:
¿Frívolo? ¿Insustancial?
JIM: Más
bien un poco sarcástico.
FRED: Es
comprensible.
JIM: ¿De
veras?
FRED:
Sabiendo qué opinión me merece Montclair.
JIM: ¿Cómo
podría saber yo qué opinión le merece Montclair?
FRED: Ni
siquiera me molestaré en responderte.
JIM:
Esto..., sí...., bien. Escuche, me gustaría seguir con mis asuntos. (Mira el
reloj.)
FRED: ¿A
qué hora la esperas?
JIM: ¿De
qué está usted hablando? Por favor, déjeme en paz.
FRED: Éste
es un país libre. Si quiero, puedo quedarme aquí mirando Nueva Jersey.
JIM: Bien.
Pero no me hable.
FRED: Pues
no me contestes.
JIM (saca
el móvil): Oiga, mire. ¿Quiere que llame a la policía?
FRED: ¿Y
qué vas a decirle?
JIM: Que
un pordiosero agresivo está acosándome.
FRED:
Supón que te quito ese móvil y lo tiro al río. Dentro de veinte minutos estará
en el Atlántico. Desde luego, si la corriente fuese en dirección contraria,
acabaría en Poughkeepsie. ¿En Poughkeepsie o en Tarrytown? No estoy seguro.
JIM (un
poco asustado y enfadado): Si piensa preguntarme si alguna vez he estado en
Tarrytown, le diré que sí.
FRED:
¿Dónde vivías?
JIM: En
Pocantico Hills. ¿Le parece bien?
FRED:
Ahora lo llaman Sleepy Hollow. Suena mejor para los turistas.
JIM: Ya.
FRED: Te
sacan el dinero con todas esas gilipolleces de Ichabod Crane y de Rip van
Winkle.* Todo está organizado.
JIM: Mire,
estaba absorto en mis pensamientos...
FRED:
¡Oye! Hablábamos de literatura. Tú eres un escritor.
JIM: ¿Cómo
lo sabe?
FRED:
¡Venga ya! ¡No me tomes por tonto!
JIM: ¿Va a
decirme que lo ha adivinado por el atuendo que llevo?
FRED: ¿Qué
atuendo?
JIM: Es
por la chaqueta de tweed y los pantalones de pana, ¿verdad?
FRED:
Jean-Paul Sartre dijo que un hombre, a partir de los treinta años, es
responsable de su cara.
JIM: Lo
dijo Camus.
FRED: Sartre.
JIM: Camus. Sartre dijo que un hombre, con el
tiempo, asume los rasgos propios de su profesión: un camarero andará como un
camarero, un empleado de banco adquirirá modales de empleado de banco… Porque
quieren convertirse en cosas.
FRED: Pero
tú no eres una cosa.
JIM:
Intento no serlo.
FRED:
Porque ser una cosa no reviste peligro. Porque las cosas no mueren. Como ocurre
en El muro:* los hombres que van a ser
ejecutados quieren hacerse uno con el muro ante el que los han llevado,
fundirse con la piedra y volverse sólidos y permanentes, para de ese modo
perdurar. En otras palabras: para vivir, para seguir vivos.
JIM
(examina a Fred y dice): Me encantaría hablar del tema con usted en otro
momento.
FRED:
Estupendo. ¿Cuándo?
JIM: Ahora
mismo estoy un poco ocupado.
FRED:
Bueno, entonces, ¿cuándo? Si quieres que comamos juntos, tengo toda la semana
libre.
JIM: Pues
la verdad es que no lo sé.
FRED:
Escribí una cosa muy divertida inspirada en Irving.
JIM: ¿Qué Irving?
FRED: Washington Irving. ¿Te acuerdas? Ya hemos
hablado de Ichabod Crane.
JIM: No
sabía que hubiésemos vuelto a ese tema.
FRED: El
jinete decapitado está condenado a cabalgar por los campos, llevando su cabeza
bajo el brazo. Fue un soldado alemán al que mataron en la guerra.
JIM: Era
de Hesse.
FRED: Así
que se planta en uno de esos drugstores que están abiertos toda la noche y dice
la cabeza: «Tengo un dolor de cabeza terrible». El dependiente le dice: «Tenga,
tómese dos píldoras de Excedrin Extrafuerte», y el cuerpo, después de pagarlas,
le ayuda a tomárselas. Luego los encontramos, bien entrada la noche, cruzando
un puente, y dice la cabeza: «Me siento fenomenal. Se me ha pasado el dolor de
cabeza. Soy un hombre nuevo». Y entonces el cuerpo se entristece y piensa en lo
desdichado que es porque, si le doliera la espalda, no podría encontrar alivio,
al no estar unido a la cabeza.
JIM: ¿Cómo
puede el cuerpo pensar nada por sí mismo?
FRED:
Nadie se plantearía una pregunta como ésa.
JIM: ¿Por
qué no? Resulta obvia.
FRED: Por
eso. Por eso eres bueno en la construcción y en los diálogos, pero careces de
inspiración. Por ese motivo, estás obligado a depender de mí. Aunque lo que me
hiciste fue muy pero que muy feo.
JIM: ¿Qué
hice? ¿De qué está usted hablando?
FRED:
Hablo de dinero: algún tipo de compensación económica y también de
reconocimiento.
JIM: Mire,
estoy esperando a alguien.
FRED: Lo
sé, lo sé, y ella se retrasa.
JIM: No lo
sabe y no se meta donde no le llaman.
FRED: De acuerdo,
estás esperando a una tía. ¿Quieres estar solo? Cerremos de una vez el asunto,
al menos lo del dinero, y me largaré.
JIM: ¿Qué
asunto?
FRED:
Dentro de un segundo vas a decirme que esta situación es kafkiana.
JIM: Es
peor que kafkiana.
FRED: ¿De
verdad? ¿Es... posmoderna?
JIM: ¿Qué
es lo que quiere usted?
FRED: Un
porcentaje y una mención en los títulos de crédito. Comprendo que ya es
demasiado tarde para que mi nombre aparezca en las copias que están
distribuidas, pero debería percibir derechos de autor por ellas. Y también un
porcentaje de los beneficios y que mi nombre aparezca en las copias nuevas. No
el cincuenta por ciento, pero sí algo razonable.
JIM: ¿Está
chiflado? ¿Por qué tendría que darle nada?
FRED:
Porque yo te di la idea.
JIM: ¿Que
usted me dio la idea?
FRED: La
verdad es que más bien me la robaste.
JIM: ¿Que
yo robé su idea?
FRED: Y
vendiste tu primer guión, y la película parece tener éxito, de modo que quiero
lo que me corresponde.
JIM: Yo no
le robé su idea.
FRED: Jim,
dejémonos de jueguecitos.
JIM: Oiga,
déjese usted de jueguecitos y no me llame Jim.
FRED:
Vale. James. «Escrito por James L. Swain»... Pero todo el mundo te llama Jim.
JIM: ¿Cómo
lo sabes?
FRED: Lo
veo y lo oigo.
JIM:
¿Dónde?... ¿De qué estás hablando?
FRED: Jim Swain. Central Park West con la Setenta y
ocho. Tienes un BMW con matrícula jimbo one... ¡Vaya con las matrículas
personalizadas! Jimmy Connors es «Jimbo One»,
no tú. Te he visto darle a una pelota de tenis, así que a mí
no me la pegas.
JIM: ¿Has
estado siguiéndome?
FRED: La
morena con un aire ratonil es Lola, ¿no?
JIM: ¡Mi
mujer no tiene nada de ratonil!
FRED:
¡Vale! Ratonil no es la palabra adecuada... Es verdad, no tiene nada de
roedora.
JIM: Es
una mujer guapa.
FRED: Todo
es muy subjetivo.
JIM:
¿Quién te crees que eres?
FRED: Por
supuesto, nunca se lo diría a ella a la cara.
JIM: Soy
su marido y la quiero.
FRED:
Entonces, ¿por qué la engañas?
JIM:
¿Cómo?
FRED: Creo
que sé qué aspecto tiene la otra. Es un poco vulgarota, ¿no?
JIM: No
hay ninguna otra.
FRED: Entonces,
¿a quién esperas?
JIM: ¡No
es cosa tuya! Y si no te vas, llamaré a la policía.
FRED: Eso
es lo último que haría alguien que tiene una cita clandestina.
JIM: ¿Cómo
sabes que mi mujer se llama Lola?
FRED: Te
oí llamarla Lola.
JIM: ¿Has
estado espiándome?
FRED:
¿Acaso tengo pinta de espía?
JIM: Sí.
FRED: Soy
escritor. Al menos lo era hasta hace unos años. Hasta que mis visiones me
asaltaron por sorpresa.
JIM:
Bueno, mira, tu imaginación me resulta demasiado exuberante.
FRED: Lo
sé. Por eso me plagiaste.
JIM: Yo no
robé tu idea.
FRED: No
sólo mi idea. Era autobiográfica, así que, en cierto modo, me robaste mi vida.
JIM: En el
caso de que hubiese cualquier parecido entre mi película y tu vida, te aseguro
que ha sido pura coincidencia.
FRED: Yo
no soy de esos que ponen demandas. Hay gente propensa a los pleitos. (Con
cierto aire amenazante.) Yo prefiero llegar a un acuerdo entre las partes.
JIM: ¿Cómo
pude robarte la idea?
FRED: Me
oíste contar el argumento por casualidad.
JIM: ¿A
quién? ¿Dónde?
FRED: En
Central Park.
JIM: ¿Que
yo te oí contar el argumento en Central Park?
FRED: Ni
más ni menos.
JIM: ¿A
quién se lo contabas? ¿Cuándo?
FRED: A
John.
JIM: ¿A
quién?
FRED: A John.
JIM: ¿Qué John?
FRED: Big John.
JIM: ¿Quién?
FRED: Big John.
JIM: ¿Quién
coño es Big John?
FRED: No
lo sé. Un mendigo. Bueno, lo era. Me enteré de que le cortaron el cuello en un
centro de acogida.
JIM: A
ver: ¿me estás diciendo que le contaste algo a un mendigo y que yo por
casualidad lo oí?
FRED: Y lo
utilizaste.
JIM: No te
he visto en mi vida.
FRED:
Increíble, llevo meses siguiéndote.
JIM: ¿Que
me has seguido?
FRED: Y lo
sé todo sobre ti, aunque tú no te fijaste en mí ni una sola vez. Y no será
porque no se me vea. Soy bastante corpulento. Podría partirte el cuello con una
sola mano.
JIM:
Mira... Quienquiera que seas, te juro que…
FRED: Me
llamo Fred. Fred Savage. Buen nombre para un escritor, ¿no
te parece? «Y el premio al mejor guión
original…, el sobre, por favor... Y los ganadores son Frederick R. Savage y
James L. Swain por la obra El viaje».
JIM: El
viaje lo escribí yo y fue idea mía.
FRED: Jim,
oíste mi historia por casualidad cuando yo se la contaba a John Kelly. Pobre
John… Andaba por York Avenue cuando unos tipos subían un piano a un piso y la
cuerda se desató... ¡Dios! Fue espantoso...
JIM: Antes
dijiste que lo apuñalaron en un centro de acogida.
FRED: La
estúpida coherencia es el gran lastre de las mentes inferiores.
JIM: Mira,
Fred. Yo nunca le he robado una idea a nadie. Primero, porque no lo necesito,
ya que tengo mis propias ideas y, segundo, porque no lo haría ni en el caso de
que estuviese en el dique seco. ¿Está claro?
FRED: Pero
toda la historia está allí: mi crisis nerviosa, la camisa de fuerza, mi ataque
de pánico en el último instante, la goma entre mis dientes, y luego las
descargas eléctricas. ¡Dios mío! Aunque es verdad que yo era un tipo
violento...
JIM: ¿Eres
violento?
FRED: De
los pies a la cabeza.
JIM: Mira,
estoy empezando a inquietarme un poco.
FRED: No
te preocupes. Ella vendrá.
JIM: Estoy
preocupado por tu culpa, no por ella. Bueno, al menos, si estás convencido de
que eres un escritor...
FRED: He
dicho que lo fui hace años, antes de que me diese el colapso. Antes de llevarme
aquel disgusto, yo escribía para una agencia.
JIM: ¿Qué
disgusto?
FRED: Es
morboso. Prefiero no recordarlo siquiera.
JIM: ¿Qué
clase de agencia?
FRED: Una
agencia publicitara. Escribía anuncios. Como aquella idea que tuve para
anunciar Excedrin Extrafuerte. La lancé pero no coló. Demasiado cartesiana.
JIM:
Entonces fue cuando te... trastornaste.
FRED: No
fue por eso. ¿A quién le importa que rechazaran mi idea? Los de la agencia no
eran más que unos filisteos con traje gris de franela... No, mis problemas
surgieron a raíz de otros motivos.
JIM: ¿Como
cuáles?
FRED: Pues
como algunos jefecillos que se asociaron para formar una red de conspiradores.
Una red dedicada a promover mi ruina, a humillarme y a hundirme tanto física
como mentalmente. Una red tan vasta y tan compleja que hasta el día de hoy
recluta a agentes secretos en organizaciones tan diversas como la CIA y la
clandestinidad cubana. Fuerzas tan malévolas que dieron al traste con mi
trabajo, con mi matrimonio y con mi pequeña cuenta bancaria. Me siguieron de
cerca, me pincharon el teléfono y se comunicaban en clave con mi psiquiatra
mandando señales eléctricas desde lo alto del Empire State, a través de mi oído
interno, directamente a la balsa hinchable que él tenía en Martha´s Vineyard.* ¡Así que no me vengas con tus mierdosas historias lacrimosas y no me
trates como si fuera un mindundi!
JIM: Fred,
me estoy asustando. Voy a serte franco. Quiero portarme bien contigo.
FRED:
Entonces, hazlo. No tienes motivos para estar asustado. Todavía no hace tanto
que he suspendido mi medicación como para perder el control. Por lo menos, eso
creo.
JIM: ¿Qué
tomas?
FRED: Un
combinado de ansiolíticos.
JIM: Un
cóctel.
FRED:
Salvo que no me lo bebo en vaso largo.
JIM: Pero
no puedes dejar de tomar esas cosas por las buenas.
FRED:
Estoy muy bien, te lo aseguro. No empieces a acusarme como hicieron los otros.
JIM: No,
yo no te acuso de nada.
FRED: Vayamos al grano.
JIM: He
intentado demostrarte de manera lógica que de ningún modo pude robarte la idea.
FRED: Mi
vida, querrás decir. Me robaste mi vida.
JIM: Tu
vida, tu autobiografía, lo que quieras, pero creo que puedo demostrártelo paso
por paso.
FRED: La
lógica puede ser muy engañosa. Robaste mi vida. Aún más: me robaste el alma.
JIM: No
necesito tu vida. Mi vida es estupenda.
FRED:
¿Quién te crees que eres para decir que no necesitas mi vida?
JIM: No era
mi intención ofenderte.
FRED:
Mira, sé que estás bajo una gran presión íntima...
JIM: Sí
que lo estoy.
FRED: Y
ella está retrasándose más de la cuenta. Es una mala señal.
JIM: Me
sorprende. Suele ser puntual.
FRED: Creo
que presiente que va a ocurrir algo. Yo, en tu lugar, me mantendría alerta.
JIM: Lo
estoy. Pero me gustaría señalarte que mi película...
FRED:
Nuestra película.
JIM: La
película. ¿Te vale si digo la película? La película trata sobre los horrores de
una determinada institución para enfermos mentales que situé en Nueva Jersey.
FRED: Sé
muy bien de lo que me hablas.
JIM: Pero
seguro que mucha gente ha tenido experiencias parecidas. Puede ser la historia
de cualquiera.
FRED: No,
no... Me oíste contarla. Incluso le dije a Big John Kelly que se podría hacer
con ella una película estupenda... En especial la parte en que el protagonista
provoca los incendios.
JIM:
¿Hiciste eso en realidad?
FRED: Tú
ya conoces los detalles.
JIM: Te
juro que no.
FRED: Me
ordenaron que incendiara varios edificios.
JIM: ¿Que
te ordenaron qué? ¿Quiénes?
FRED: La
radio.
JIM: ¿Oías
voces a través de la radio?
FRED: Me
parece notar un leve matiz de escepticismo en tu voz.
JIM:
Nooo...
FRED: No
siempre he sido eso que ellos decían que soy, no recuerdo el término que
empleaban...
JIM:
¿Esquizofrénico paranoico?
FRED:
¿Cómo dices?
JIM: Sólo
intentaba echarte una mano.
FRED:
¡Todo el mundo se las da de especialista! Y no es más que semántica. Antes se
le llamaba demencia precoz, que, en realidad, suena mucho más bonito. Pero esto
es peor que semántica, es cosmética. Una chica lleva a su prometido a casa para
que conozca a sus padres y dice: «¡Viejos! Os presento a Max. Es maníaco
depresivo». Ya puedes imaginarte cómo se lo toman. Caprichos de la niña bonita
de la familia que se ha enrollado con un tipo que los lunes intenta tirarse del
edificio Chrysler y los martes compra compulsivamente en los almacenes
Bloomingdale...¡Ah!, pero si dice: «Éste es Max... Es bipolar». Suena como si
fuese una hazaña... Como si fuese un explorador... Sí, bipolar, como el
almirante Byrd...* No, Jim, a mí me diagnosticaron
en términos más prosaicos. No chiflado o majareta. No. Allí no emplean un
lenguaje de vodevil. Dijeron que Fred Savage es un homicida, un psicópata
imprevisible.
JIM: ¿Un homicida?
FRED: ¿No
te gustaban tanto las etiquetas?