Contrarreloj

Etapa prólogo

Barcelona - Barcelona, 9 kms.

Sábado, 3 de julio

 

Hamelt miró la bicicleta como si la odiara: un instrumento de tortura, un conjunto articulado de hierros, gomas, cables y cadena diseñado para llevar el cuerpo del ciclista más allá de los límites del esfuerzo, hasta alcanzar las zonas del dolor. El sillín era un potro que sujetaba las manos al manillar; y las ruedas, tornos que tensaban las piernas hasta desencajarlas, como si en cualquier momento las rótulas fueran a salir disparadas de las rodillas. La cadena unía con grilletes los pies a los pedales y obligaba a empujarlos hasta perder el aliento en las subidas y a arriesgar en los descensos, sin permitir nunca la relajación o el descanso, sin que el ciclista pudiera detenerse cuando el frío le cortaba los labios o cuando la sed o el calor lo torturaban. El asfalto era el combustible que abrasaba al corredor a fuego lento. A veces, en el trayecto apenas se podía respirar, porque no había suficiente oxígeno en las alturas o porque uno se atragantaba con los ratones del cansancio. Algunos ocultaban bien la fatiga, pero otros resoplaban como volcanes en erupción y había otros cuyo aliento se confundía con sollozos y parecía que estaban llorando...

—Dos minutos —le indicó uno de los jueces.

Subió a la rampa, se colocó en la línea y esperó a que le marcaran los últimos segundos. Alrededor, en toda la plaza, bajo el alboroto de las palomas, rugía el impaciente, agitado bullicio previo a la salida de cualquier etapa.

—...quatre, trois, deux... Top!

Se dejó caer por la rampa y al tocar el asfalto ya estaba acelerando, puesto en pie hasta alcanzar la velocidad adecuada. Dio la vuelta a la plaza y enfiló la ancha avenida que picaba hacia arriba. Sólo entonces se sentó, acoplado a la bicicleta, redondeó el pedaleo potente y armonioso y bajó al piñón de doce dientes. Le gustaba la contrarreloj precisamente porque se disputaba en soledad: un corredor solo contra el tiempo, sin ayuda de nadie que le apartara el aire o le diera un relevo. Él era diferente a muchos ciclistas que, acostumbrados a correr siempre en compañía, en las cronos se hundían desconcertados, desamparados como náufragos, incapaces de superar el miedo a correr solos.

—¡Vamos, vamos! —gritó Max, el director del equipo, desde el coche. Había prohibido el uso de los auriculares en las cronos y prefería dar las instrucciones por la megafonía, de modo que sus ánimos se expandieran y pudieran contagiar a los espectadores que llenaban las anchas aceras embanderadas, que gritaban y aplaudían su solitario esfuerzo.

Levantó la cabeza de las líneas blancas que le servían de referencia en el asfalto y entrevió fugazmente las raras fachadas de las casas. Por la mañana había salido a entrenar y reconocer el terreno, y en una fugaz y confusa visión desde la bicicleta no supo si las extrañas fachadas eran realmente así o si el sudor le hacía verlas onduladas y con rostros. Poco después giró hacia la izquierda. El terreno seguía subiendo suavemente por la avenida sombreada por plátanos y algunas palmeras y vio en mitad de la recta la primera pancarta: 3 kilómetros. Por delante no veía a nadie, pero no le preocupaba. En el pulsómetro su corazón batía a ciento setenta y cinco latidos por minuto. Por sus venas corrían seis litros de sangre: cinco llevaban alimentos a sus piernas y uno subía a su cabeza para inyectarle rabia y fe en el triunfo. Sabía que iba bien, pero en tan poco tiempo no podía haber reducido mucho la distancia con el corredor que había salido tres minutos antes.

Oyó de nuevo los gritos de Max empujándolo con aquel extraño acento suizo en el que era difícil detectar la mentira. Cuando le daba referencias nunca sabía si lo estaba engañando:

—¡Vamos, Darko, vamos! ¡Te has puesto el primero!

Como la carretera seguía ascendiendo, aumentó el esfuerzo para no cambiar de marcha. Tenía la sensación de que le sobraban brazos y le faltaban piernas, y deseaba recortar todo lo que en su cuerpo estorbaba al aire y aumentar todo lo que lo desplazaba.

Ya habrían llegado a meta sus compañeros de equipo y casi todos sus rivales, excepto Álvaro Panal y Tobias Gros. Al español no lo temía. Era un ciclista experto, endurecido, que resistía en cualquier terreno sin ser especialista en ninguno, pero su ambición se calmaba con un triunfo de etapa mediante una de sus peculiares y larguísimas fugas. El enemigo era Tobias Gros, el ganador del Tour en los cuatro últimos años, el que llevaba el número 1 grabado en su bicicleta, en su dorsal y en su mirada. También había marcado su piel con aquella obsesión por la carrera francesa. Las cámaras de televisión buscaban con frecuencia un primer plano de su mano izquierda, levantando un trofeo o sujetando el manillar, porque en cada nudillo de los cuatro dedos paralelos se había tatuado una letra de la palabra TOUR. Cuando le preguntaron para qué reservaba la piel del pulgar, respondió que allí grabaría el número de Tours que hubiera ganado cuando se retirara de la competición. Hamelt había corrido con él dos años, sirviéndole de gregario, y lo conocía bien. En la prensa deportiva, tan aficionada a los apodos, lo llamaban «Depredador», comparándolo con los lobos, con quienes compartía astucia, velocidad, resistencia y una imperturbable frialdad. En una ocasión, cuando comenzaba como profesional, alguien lo definió diciendo que a pesar de todas las apariencias sin duda era un ciclista, porque los lobos no corren en bicicleta. Sus extraordinarias cualidades eran espoleadas en los momentos más difíciles por una ambición sin límites. Quería ganarlo todo y se desenvolvía bien en todas las especialidades, en todos los climas, en las competiciones de tres semanas o de un día. Su doble nacionalidad —había nacido en Nueva York, hijo de un estadounidense de origen italiano y de madre francesa— y su herencia mestiza le hacían adaptarse enseguida a cualquier país. Además, era un excelente estratega. Se decía de él que sabía cómo iban a actuar sus rivales antes de que lo supieran los rivales mismos. Hamelt daría cualquier cosa por arrebatarle desde el primer día el maillot amarillo y por que nunca más volviera a lucirlo.

El furor le dio fuerzas e incrementó el ritmo de sus pedaladas hasta que el pulsómetro subió a ciento ochenta y cinco. No tenía miedo a desfallecer en un trayecto tan corto. Únicamente debía evitar el triunfo de Gros, que en esos momentos ya habría salido de la rampa. Sería insoportable sentir de nuevo en la nuca su respiración, oír tras de sí el siseo de su bicicleta, ver cómo los espectadores giraban la cabeza para animar al perseguidor.

La organización había diseñado una etapa prólogo con un trayecto más duro de lo habitual y la había ofrecido como el primer duelo de un Tour que se presentaba apasionante. Era el momento de la revancha de Darko Hamelt sobre Tobias Gros —decían todos—, que le había arrebatado la victoria el año anterior en la última etapa de montaña, al superar la ventaja con la que Hamelt había llegado hasta allí. Aquella tarde, al cruzar la meta en la cima, exhausto, tuvo que apoyarse en uno de sus ayudantes para no caerse porque no podía respirar, los pulmones se le habían subido a la garganta y no lograba encajarlos de nuevo en el pecho. Había bebido mucha agua y algo debió de estropearse en su estómago. Un reportero logró captar unas imágenes suyas que, un año después, muchos aún recordaban: encogido, con los ojos llenos de lágrimas, con las manos en el estómago y vomitando como una gárgola. En la rueda de prensa Max Zaharia alegó una indisposición alimenticia, pero otros lo habían calificado como un corredor de moral frágil, supersticioso, proclive a sufrir dudas y ansiedad en los momentos decisivos.

Ahora, con el nuevo giro hacia la izquierda, el terreno se volvía favorable, le daba la espalda a la montaña y se inclinaba hacia el mar. Metió la corona de once dientes y aceleró con rapidez y fuerza. Después de atravesar una plaza la calle se ensanchaba y las aceras dejaban lugar para carriles bici en los que pudo entrever ciclistas con las bicicletas municipales. De nuevo llegó a otra plaza con fuente y enfiló hacia el hueco entre dos torres de ladrillo que anunciaban el último tramo. Se fijó en las cuatro banderas que había a la derecha: ondeaban contra él, el aire soplaba de frente y endurecía el recorrido ahora que la carretera volvía a empinarse. En el panel electrónico del segundo punto intermedio, en el kilómetro 7, comprobó que Max no lo había engañado. Estaba haciendo un tiempo extraordinario: superaba en doce segundos la mejor marca hasta entonces, la de Ronald de Groote, el especialista en la crono del Maeslant holandés. En un trayecto tan corto resultaba una diferencia tan notable que estuvo seguro de que Tobias Gros no podría superarla.

—¡Sigue, sigue! —oyó de nuevo la voz del entrenador, amplificada a sus espaldas para impedir que se relajara—. Ya casi lo tienes. Basta con mantener el ritmo.

Había llegado a las vallas que indicaban los dos últimos kilómetros y sus fuerzas no se habían acabado. Cambió a la corona de dieciocho dientes, porque el duro tramo final de la montaña podía hacerse interminable. Ahí estaba la trampa del prólogo para algunos que lo habían afrontado como un sprint prolongado y al final habían perdido mucho tiempo.

Desde atrás, Max Zaharia seguía empujándolo con sus gritos, que se mezclaban con los de la multitud que llenaba las aceras ahora que los ciclistas iban más despacio y podían verlos con mayor detalle.

—¡Vamos, Darko! ¡El último esfuerzo!

—¡Vinga! ¡Vamos!

—¡Au!

Rugían, golpeaban las vallas a su paso, agitaban banderines publicitarios, banderas nacionales... Y gritaban viéndolo sufrir, amarrado a la bicicleta, enfilando las últimas rampas, aunque a veces tenía la impresión de que le aplaudían tanto por admiración como por la misma crueldad de quienes asistían a los espectáculos de los circos romanos o a los autos de fe. ¡Trescientos metros, doscientos cincuenta, doscientos...! Se puso en pie y aceleró con furia y dolor, como si fuera la última vez que corría en su vida. Cruzó tan rápido la meta que estuvo a punto de atropellar a uno de los fotógrafos.

De camino hacia el autobús del equipo no aceptó hablar con nadie. Sólo quería beber dos litros de agua, descansar y contemplar en el televisor cómo Tobias Gros llegaba tras él. Quería ver su reacción, la expresión de su rostro al descubrir que por primera vez en los últimos años alguien lo vencía en una contrarreloj.

—¡Enhorabuena! —le gritó uno de los ayudantes, haciéndose cargo de su bicicleta—. Ese tiempo no hay quien lo mejore. ¡Le has sacado medio minuto al segundo clasificado!

Subió los peldaños del autobús sin atender a las primeras cuestiones de los periodistas ni a los requerimientos de los fotógrafos para que posara unos segundos. Cuando iba a entrar, una reportera le puso el micrófono ante la boca:

—Has hecho el mejor tiempo, catorce minutos, veintitrés segundos. ¿Te has sentido bien en la carrera?

—Nunca me siento bien sobre la bicicleta —respondió con aspereza—. Sobre la bicicleta se sufre.

—Pero has sido el más rápido —insistió.

—He sido el más rápido para llegar cuanto antes a la meta y poder descansar.

Dentro del autobús ya estaba el entrenador.

—Siéntate. Descansa —le indicó un asiento de la primera fila y le pasó una botella de agua—. Has estado estupendo.

Mientras bebía, miró la pantalla. Entraba la «Avispa» Panal con 50'' de retraso sobre su tiempo. Luego comenzaron a repetir las imágenes del momento de su llegada y reconoció con satisfacción su elegante forma de pedaleo, incluso cuando se ponía en pie para esprintar, el gesto con que avanzaba la cabeza, como si quisiera impulsarse con ella hacia adelante. De pronto cortaron las imágenes para ofrecer la llegada de Tobias Gros. ¡Ya estaba allí, cuando Panal apenas acababa de pasar!

—¡Hijo de puta! —murmuró Max a su lado, con los ojos fijos en el cronómetro.

Los segundos pasaban muy lentos y en cambio Gros reducía muy deprisa la distancia que le faltaba hasta la meta.

Otra vez oyó la maldición del entrenador, reforzada ahora con un superlativo sucio, y supo que de nuevo iba a ocurrir y que el Tour comenzaba para él como había terminado el anterior: no sólo con una derrota, sino con una derrota ante quien lo había vencido en todos sus últimos enfrentamientos.

Gros paró el reloj de meta en 14' 16''. Poco después ya estaba haciendo las primeras declaraciones para la televisión francesa, rodeado de fotógrafos y periodistas. Todos se habían ido tras él, nadie llamaba a la puerta del autobús para pedir una entrevista.

—El Tour acaba de empezar. Tenemos mucho tiempo y estamos los segundos —dijo Max sin dejar de mirar la pantalla.

—Sí.

Respiró hondo dejando que se evaporaran el sudor y la rabia. Con un profundo sentimiento de impotencia adivinó el titular de los periódicos al día siguiente: GROS PRIMERO, HAMELT DETRÁS. Quizá tendría que comenzar a asumir que nunca le ganaría, que él era uno de esos ciclistas segundones que siempre vivieron oscurecidos a la sombra de los grandes: Poulidor a la sombra de Anquetil, Ocaña a la sombra de Merckx, Bugno a la sombra de Induráin, Ullrich a la sombra de Armstrong.

Max apagó el televisor con un gesto brusco.

—No te preocupes. Tendremos otras oportunidades. ¡Un prólogo! Ni siquiera era la primera etapa. Ahora vamos a descansar al hotel. Nos estarán esperando —dijo con una voz animosa que, sin embargo, no lograba ocultar un eco de decepción.

 

 

Acababan de ver la transmisión del emocionante prólogo en el salón del hotel donde estaban alojados, en Argelès-Gazost, una pequeña villa en pleno corazón de las montañas, rodeada por los gigantes pirenaicos: Aubisque, Tourmalet, Luz-Ardiden, Cauterets y Hautacam. El hotel, lleno de aficionados al ciclismo que por las mañanas salían a subir los puertos y por las tardes se reunían ante la enorme pantalla del televisor a comentar la etapa, basaba su atractivo tanto en un esmerado servicio de habitaciones y de restauración como en las fotos con las firmas de grandes ciclistas —Coppi, Anquetil, Ocaña, Hinault, Induráin, Delgado...— que se habían alojado en él. Todo era limpio y cómodo y el Alkalino lo consideraba un lujo excesivo. Le habían dado una amplia habitación en la buhardilla, en la que se aburría encerrado. Cuando se cansaba de leer a Schopenhauer, bajaba al vestíbulo a observar con una mezcla de admiración y perplejidad a los ciclistas de todas las edades que, solos o en grupo o en familia, tras ingerir un buen desayuno, montaban en sus bicicletas y salían entusiasmados a escalar las rampas pirenaicas. O entablaba conversación con cualquier huésped, gracias a aquella facilidad para comunicarse que le hubiera permitido entenderse con los habitantes de otros planetas. Con los españoles hablaba sobre los temas más dispares, porque se interesaba por todo lo que le contaban; y con los extranjeros no tenía reparos en chapurrear un francés macarrónico y absurdo —con ese acento ferruginoso de muchos españoles que van repartiendo guturales sin ton ni son por todas las palabras—que, sin embargo, era comprendido sin problemas por sus interlocutores.

Desde el invierno anterior Cupido había planeado la subida en bici al Tourmalet. Los años comenzaban a pesarle y sabía que, si no desafiaba pronto sus diecinueve kilómetros de ascensión, dentro de poco no lo lograría. Un continuo entrenamiento en los meses anteriores le había hecho perder los tres kilos que le sobraban. Había aumentado su resistencia con largas marchas por carreteras llanas y había subido en Breda las ásperas y retorcidas cuestas del Yunque y del Volcán. Pero las cumbres francesas, elevadas a dos mil metros de altitud, donde disminuía el pesado y nutricio oxígeno, eran más exigentes, y había reservado alojamiento en el hotel para los diez primeros días de julio. Entrenaría con calma cuatro o cinco días para adaptar a la altura el organismo, dedicaría al menos otra jornada a ver en directo el final de la etapa que terminaba en la cima del Tourmalet y, cuando al día siguiente se hubiera marchado toda la caravana, afrontaría definitivamente la escalada, con el tiempo y la preparación suficientes para no sufrir demasiado.

Fue a mediados de mayo cuando el Alkalino enfermó de pancreatitis y estuvo un mes hospitalizado, sin que en los primeros días se supiera si iba a lograr recuperarse. Al fin salió, debilitado pero sin secuelas, cosa extraña en alguien que había pasado una década castigando su cuerpo con excesos.

Cupido pensó que una cura alpina, a la manera de los escritores tuberculosos, en parajes de aire límpido y con la alimentación adecuada, sería una buena forma de recuperación y de pagar deudas: el Alkalino le había ayudado a menudo en sus investigaciones sin aceptar por su trabajo el dinero que le hubiera correspondido. Alegaba con ironía que los servicios de inspección de la Agencia Tributaria detectarían aquellos ingresos. Y él no podía recibir remuneración por ningún trabajo, puesto que cobraba una pequeña pensión de invalidez desde su accidente laboral. A mediados de junio, el hotel ya no disponía de habitaciones libres, pero Cupido pidió que lo avisaran enseguida si se producía la anulación de alguna reserva. Y en efecto, a los pocos días de su solicitud lo llamaron para decirle que quedaba libre una habitación en la última planta.

No le dio al Alkalino la posibilidad de negarse: le entregó el resguardo con la reserva del hotel a su nombre.

—¿Para que voy a ir yo a las montañas? —se había resistido todavía, con esa perezosa debilidad de la convalecencia. Había adelgazado y tenía pálido el oscuro rostro de madera tostada—. Hasta hace pocas décadas, esos hoteles de montaña eran refugios adaptados para gentes con alguna enfermedad del pulmón, de la sangre o de los nervios, entre quienes podría sentirme a gusto. Pero ahora están llenos de tipos sanos, deportistas, que suben hasta allí para endurecer aún más sus cuerpos con la carencia de oxígeno y los terrenos abruptos. Y a mí ni me gusta subir por los cerros saltando como las cabras ni estoy hecho para quedarme sentado en una roca contemplando el paisaje.

—Ya lo sé, ya lo sé. Ya sé que a ti te gustan la playa y el calor. Pero no te harán daño unos días en los Pirineos para recuperarte de todo lo que has pasado.

—Tampoco fue tan grave. Sólo afectó un poco al páncreas.

—¿Un poco, dices? ¿Y sólo al páncreas?

—Mientras el mal no llegue a la cabeza —murmuró con seriedad.

Algunas veces había comentado que eso era lo único que lo aterrorizaba. El dolor físico..., bueno, podría soportarlo. En las farmacias se guardaba suficiente química para aliviar el dolor hasta que se restableciera la salud... o hasta que todo terminara. Lo que lo asustaba era la decadencia de la mente, la incapacidad de raciocinio o de entablar conversación con cualquiera que se hallara a menos de tres metros de donde él se hallaba.

—Hasta ahí arriba el mal no te llegará nunca —había replicado el detective—. Tienes la cabeza tan dura que en ella no podría entrar ningún virus. Así que preocúpate de lo que respiras, de lo que bebes y de lo que comes. Y en la montaña seguro que todo eso será de buena calidad.

—No estoy tan convencido —protestó aún.

—Además, veremos la llegada en alto de un par de etapas del Tour.

—Ya sabes que el deporte no me interesa.

Cupido protestó enérgicamente sobre aquel viejo prejuicio suyo de despreciar las olimpiadas, los mundiales, los campeonatos.

—De acuerdo, de acuerdo —lo cortó el Alkalino—. Luego me callaré e iré a ver esas etapas, pero ahora escúchame todavía unas palabras. Dices que el deporte es una lucha en buena lid donde vence el más fuerte, el más rápido o el más astuto.

—Sí, eso digo.

—¿Pero acaso no es contra todo eso contra lo que habíamos clamado durante tantos años: contra el predominio de la fuerza, de la velocidad, de la astucia, y en defensa de los débiles, de los lentos, de los ingenuos?

—No, no es exactamente eso lo que decíamos.

—Mira cualquier anuario de deportes: es la historia de cómo los más fuertes han avasallado a los débiles. Así que no estoy muy convencido de que ese espectáculo que a ti te entusiasma a mí vaya a divertirme.

Pero había aceptado ir. Había llegado al hotel con una maleta sorprendentemente voluminosa para alguien tan austero, atiborrada de ropa que después de la enfermedad le quedaba una talla grande —suéteres, camisetas, calcetines gruesos...—, convencido de que incluso en el mes de julio las montañas estarían cubiertas de nieve y le harían tiritar de frío. Sin embargo, desde la llegada a Argelès-Gazost quedó fascinado por la agradable temperatura, por la belleza del paisaje, por la luminosidad del aire en los días de sol, por las frescas umbrías donde el verano iba conquistando las últimas posiciones.

—¿Tú quién crees que va a ganar? —le preguntó Cupido cuando terminaron de ver la transmisión.

—No entiendo nada de ciclismo, pero, por lo que estoy viendo, en este deporte al final no gana el más rápido sino quien aguanta mejor el sufrimiento. ¿Cuántos kilómetros recorrerán cada día?

—Depende. No todas las etapas serán largas. Pero alrededor de doscientos.

—¿Doscientos kilómetros... sin descansar?

—Sí.

—¿Y un día tras otro día, durante tres semanas?

—Con dos jornadas de descanso al medio, hasta recorrer tres mil quinientos kilómetros.

—No sé cómo pueden soportarlo.

—Bueno, no van a pie. Al fin y al cabo, van en un vehículo.

—...Que no tiene motor. Son las piernas las que tienen que moverlo. No me extraña que...

—¿Qué?

—Que haya tanto dopaje —dijo, revelando que no era tan indiferente como aparentaba a la actualidad deportiva.

—Esa época ya pasó —discrepó el detective—. Ahora hay unos controles tan rígidos que impiden cualquier trampa. Se vigila con detalle lo que respiran, lo que comen, lo que beben.

—¿Estás seguro?

—Sí —respondió al cabo de unos segundos—. Tal vez este Tour sea menos espectacular, pero será más limpio.

—No te entiendo.

—Tal vez no veamos a ningún ciclista subir un puerto esprintando durante quince kilómetros.

—¿Ni siquiera esos colombianos endurecidos por la altura?

—Tampoco ellos. Todos los ciclistas a quienes he visto esprintar durante todo un puerto luego fueron sancionados por dopaje. Quizás ahora se limiten a darse dentelladas sin poder distanciarse demasiado unos de otros, pero incluso así será apasionante.

Cupido lo dejó escuchando las entrevistas en el televisor y subió a su habitación. Se vistió con la ropa deportiva y bajó al garaje donde guardaba su bicicleta. Puso a cero el contador parcial y repasó las cifras totales en el pequeño artilugio donde estaba grabada la historia viva de su práctica como ciclista, que tantos momentos placenteros le había dado.

Como por la mañana ya había entrenado subiendo hacia el Soulor, ahora se dirigió llaneando hacia Luz-St-Sauveur, sin intención de esforzarse demasiado. Había recorrido diez o doce kilómetros cuando los vio. Redujo el ritmo y pedaleó tras ellos un minuto, observando desde unos metros atrás aquella incongruencia. Un hombre con la cabeza afeitada iba delante, dirigía el manillar y soportaba el mayor esfuerzo, tanto que a veces, cuando la ondulada carretera ascendía un poco, tenía que ponerse en pie para arrastrarlo. Mientras los adelantaba, despacio, se fijó durante unos segundos en el cráneo tostado por el sol, en las piernas fuertes y nudosas, en el rostro arrugado que aparentaba unos sesenta años.

El hombre joven, lento, pesado, casi abotargado, que iba detrás era tan parecido a él en el físico, en la postura y en los movimientos que resultaba evidente que se trataba de padre e hijo. No siempre pedaleaba y, al llegar a su altura, Cupido lo observó con curiosidad. Llevaba un aro plateado en la oreja izquierda y resoplaba con tanta fuerza que se diría que eran los pulmones, en lugar de las piernas, los que movían el tándem. De la barbilla le colgaba un fino hilo de baba del que no parecía darse cuenta. Al descubrir al detective a su lado, fijó en él una mirada acuosa y triste, mostrando unos ojos grandes, infantiles e inocentes, de un limpísimo color azul celeste. Y de pronto dos lagrimones gordos de agua dura, pesada, brotaron de sus párpados mientras Cupido desviaba la mirada, confuso y arrepentido de su curiosidad.

Cuando regresaba, dos horas más tarde, volvió a adelantarlos: la extraña figura del tándem le hizo pensar en una criatura mitológica, una y al mismo tiempo doble, en la que el padre dirigía y arrastraba indomable, fatigosa, eternamente al hijo por las carreteras del mundo.